domingo, 24 de marzo de 2013

BERKLEY MANOR (EDITADO)

Hola a todos.
Aquí tenéis un nuevo capítulo de mi relato Berkley Manor. 
Espero de corazón que os guste.


                  Querido Marcus:

                Ha pasado mucho tiempo desde la última vez que nos vimos. Nunca nos escribes ni una miserable línea ni a mí ni a ninguna de tus hijas. Éstas preguntan siempre por ti. Están deseando verte de nuevo. Sobre todo, nuestra pequeña Anne.
                 ¡No las vas a reconocer si decides venir a vernos! Melly es ya toda una mujercita. Pronto, será presentada en sociedad. Y Anne  es una niñita encantadora. Nunca para quieta. Me recuerda mucho a mí cuando tenía su edad. Nuestras hijas necesitan a su padre. Necesitan que tú vengas a verlas. Si no quieres hacerlo por ellas, hazlo, al menos, por ese amor que me tuviste una vez. Porque yo, querido Marcus, también te echo de menos. Y, aunque me cueste trabajo admitirlo, te necesito.
               Siempre has sido el amor de mi vida. 
               Te amo, Marcus. 
               Te necesito a mi lado. ¡Vuelve a casa, amor mío! Te juro que todo será distinto. 
               No te avergonzarás de mí. 
             Seré la clase de mujer que tú quieras. Actuaré como tú quieras. Haré lo que tú quieras. ¡Pero vuelve! No te echaré nunca nada en cara. Al contrario...Tienes en mí a la más abnegada y complaciente de las esposas. Haré la vista gorda. Y no te haré ninguna pregunta. ¡Pero vuelve, te lo ruego! 
              Nunca he dejado de amarte. Esta carta es un ruego. ¡Vuelve! ¡Te echo tanto de menos! ¿Tú también me echas de menos, amor mío? Creo que sí, Marcus. A tu modo, también me echas de menos. A tu modo, tú también me amas. Y yo sé que es así. Me amas. Pero eres tan orgulloso. Te cuesta trabajo admitir el amor que sientes por mí. Es curioso. A mí, en cambio, no me molesta pregonar a los cuatro vientos lo mucho que te quiero. Es verdad. Te amo, Marcus. Te echo de menos.
            Me paso las horas muertas mirando por la ventana. Espero ver que llegas en un carruaje que has alquilado. Cada vez que veo pasar un carruaje, mi corazón da un salto de alegría. ¡Has vuelto!, pienso. Pero la realidad se impone. Los carruajes suelen pasar de largo. Y yo lloro. Lloro porque he vuelto a hacerme ilusiones. ¿Por qué juegas conmigo, Marcus? ¿Acaso has olvidado las promesas que nos hicimos un día? ¿Acaso has olvidado el juramento que hiciste ante Dios? Juraste amarme hasta La Muerte. Yo sí estoy cumpliendo con mi juramento, Marcus. 

  

                 Kate no pudo seguir escribiendo. Regina entró en su habitación.
-Espero que no le estés escribiendo a ese miserable-advirtió la mujer-Porque no quiero creer que seas tan tonta como para rebajarte.
                 Kate apenas tuvo tiempo de esconder la carta debajo de un montón de papeles.
-Estaba escribiendo en mi diario, tía-mintió.
-Sé que no es verdad-replicó tía Regina-Enséñame la carta.
                Kate negó con la cabeza. Trató de convencer a su tía de que no había escrito ninguna carta. Sin embargo, Regina revolvió entre los papeles. Y encontró la misiva. Llena de tachones...
               A punto estuvo de cruzar la cara de su sobrina de un bofetón.
-¿Es que no tienes dignidad?-estalló-¡Cómo te atreves a hacer esto, Kathleen! ¡Ese hombre no merece que pienses en él! ¡Y no llores! Porque ni siquiera merece que llores por él.
-Es mi marido y aún le quiero-se sinceró Kate-Es el padre de mis hijas.
-Un padre no abandona a sus hijas cuando éstas son pequeñas. Y un marido que quiere a su mujer no la abandona cuando ésta acaba de dar a luz. Como hizo ese sinvergüenza contigo.
              Regina rompió la carta en mil pedazos.
              ¿Por qué su sobrina era tan idiota? ¿Por qué se arrastraba ante aquel hombre? Marcus nunca la había amado. Nunca había sido digno de ella. Pero Kate estaba ciega y no quería verlo.
-No quiero, Kathleen, enterarme de que le vuelves a escribir-le advirtió a su sobrina.
-Es el hombre de mi vida-afirmó Kate.
-¡Ni se te ocurre volver a decir eso! ¡Ese hombre es un malnacido! No te merece. Y tampoco merece las dos hijas que le has dado. ¿Por qué no te haces un favor a ti misma y te olvidas de que existe? ¿Es que quieres acabar como acabó tu pobre madre? 
                 Salió de la habitación.
                 Kate rompió a llorar amargamente. Tenía la sensación de que su tía seguía oponiéndose a su amor. Y era verdad. Sólo que, ahora, ella y Marcus estaban casados. Pero Marcus estaba lejos de ella.
                 Salió de la habitación al cabo de un rato. Se dirigió al salón. A lo mejor, pensó, tiene razón. No debería de ponerme en contacto con él. Me abandonó a mí. Abandonó a nuestras hijas.
                 Kate parecía ser la víctima propicia para un hombre como sir Marcus Livingston.
                 Admitía que la joven le había gustado.
                 Pero no estaba enamorado de ella.
                 Cuando la conoció, Kate no sabía bailar. No sabía ni siquiera hacer una reverencia. Incluso se decía que tenía un loro. Se lo había regalado su tío. Fue Marcus el que lo mató. ¡Aquel desgraciado había intentado arrancarle un ojo de un picotazo!
                Kate prefería estar encerrada en su habitación que en un baile. Lo decidió después de su fracaso al entrar en sociedad. Nadie se había fijado en ella.
             Excepto Marcus...
            Llegó a su vida como un torrente. La enamoró con las palabras bonitas que le decía cada vez que iba a visitarla. Con las flores que le regalaba. Con los versos que le enviaba. Versos que él copiaba de libros de poesía. Pero que Kate creía que eran sus versos. Que era lo que Marcus realmente sentía. Regina miraba con desconfianza a aquel hombre. Le caía mal. 
                 Era cierto que le había hecho mucho daño.
                Pero seguía siendo el padre de Melanie y de Anne.
               Vio a Melanie bordando un mantel. De carácter tranquilo, Melanie no se parecía en nada a su madre. En cambio, Anne estaba jugando en el jardín. Kate la oía reírse.
                Por desgracia, la niña era demasiado parecida a su madre. Tenía su mismo carácter impulsivo y apasionado. Kate suspiró con pesar. Melanie ya era una mujer. Había llegado el momento de pensar en buscarle un marido.
-Miedo me da que les puedan pasar lo mismo que me pasó a mí con su padre-pensó Kate.
               Confiaba en que Melanie y Anne serían mucho más sensata de lo que ella fue.
-Me gusta mucho tu bordado, Melly-le dijo a su hija-Bordas muy bien.
                Melanie sonrió con timidez.
                Permaneció sentada al lado de su hija. Melanie no sabía nada de la vida. Era mejor así. Lo único que iba a conseguir era sufrir mucho si se enamoraba y no era correspondida. A Kate le había pasado.
-Tienes los ojos rojos-observó Melanie.
               Kate sentía que le dolían los ojos de tanto llorar. Lloraba porque su tía Regina tenía razón. Había desperdiciado toda su vida por culpa de un hombre que jamás la había amado. Y lloraba porque, a pesar de todo, seguía amando a Marcus. Lloraba porque su marido jamás había querido a las hijas que le había dado. Y ella era tan estúpida que seguía amándole con desesperación. Como en los primeros días de su romance, hacía ya tanto tiempo.
-Será que tengo un poco de alergia-mintió Kate.
-¿Has estado llorando?-inquirió Melanie.
-No...Estoy bien, cariño. De verdad que sí.
-Es por mi padre, ¿verdad? Tía Reggie dice que no merece que sigas sufriendo por él. Que es un mal hombre.
-Puede que tía Reggie tenga razón. Pero eso no le da derecho a meterse donde no la llaman. Y menos en mi matrimonio...Es mi problema. Y lo tengo que solucionar yo.
-También es asunto nuestro, mamá.
-Sois unas niñas. ¿Qué vais a saber vosotras de la vida? Tenéis edad de soñar. De jugar. De ser felices. 
-Annie empieza a preguntar por él, mamá. Quiere saber el porqué nunca viene a vernos. El porqué nunca nos escribe. Ella no le conoce. Y el recuerdo que yo tengo de él es muy borroso.
-Vuestro padre tiene su carácter. Pero estoy segura de que os quiere con todo su corazón. Y que piensa mucho en vosotras. Nunca dudes de él, cariño.
               Pero era obvio que Melanie ponía en duda el supuesto cariño paternal que, según Kate, Marcus sentía por ella y por Anne. Todo lo que le decía su hija era lo mismo que le decía Regina. El corazón de Kate pareció romperse por dentro. ¿Cómo podía sacar a Marcus de su corazón?
                 Era como dejar de respirar. No podía dejar de respirar.
-Sigue bordando, Melly-le dijo a su hija-Y yo me quedaré aquí y veré cómo bordas.

                    Kate se encerró en su habitación.
                    Era la hora de la cena, pero no tenía apetito y, además, lo último que quería era enfrentarse a la mirada de Regina. Los ojos de Kate estaban llenos de lágrimas. Pero las reprimió. Intentaba no llorar porque sabía que las lágrimas no servían para nada. Lamentaba haber dejado a sus hijas en el comedor con  Regina. Pero Melanie era ya mayor. Podía no parecer muy lista.
                 Regina conocía bien a la chica. A pesar de todo, Melanie era muy inteligente. Sabía que su madre no se encontraba bien. Y culpaba de ello a su padre. Marcus había destrozado la vida de Kate. Y parecía querer hacer lo mismo con las vidas de sus hijas. Sin embargo, Kate no se atrevía a hablar con Melanie de sus desgracias. Por eso mismo, había que pensar en casar a Melanie. En la isla de Wight también había buenos partidos. Cualquiera de ellos podía estar encantado de casarse con aquella chica. Melanie era bonita y tenía un carácter muy dulce. Cualquier caballero estaría encantado de desposarla. Además, tenía una buena dote.
                 A Kate le costaba trabajo pensar en esas cosas. Su mente seguía pensando en Marcus.
                 ¿Valía la pena seguir casada con Marcus sabiendo que él nunca la había amado? ¿Valía la pena seguir esperándole?
                 Marcus era miembro de la aristocracia, pero estaba en la ruina. Vio en Kate a una fuente de ingresos. Tía Regina no la preparó para los hombres como él. No le dijo que había muchas ratas en el mundo llenas de codicia. Fue su mayor error.
                Kate creyó ver en Marcus la encarnación de sus sueños. Se casó con él. Se consagró a mimarle y a ser su esclava. Le perdonó todos sus desprecios. Porque Marcus era el amor de su vida. Porque daría su alma por él. Se puso una venda en los ojos. Quería pensar que su matrimonio era feliz. 
                 Poco a poco, Kate empezó a ser admirada en Londres por su belleza. Era elegante por naturaleza, decían de ella. Hablaban los mismos que, antaño, la habían despreciado. Las mujeres la envidiaban. Y ella odiaba que todo el mundo, en el fondo, la odiase.
                 Podía divorciarse de su marido; otras mujeres lo habían hecho. Y sus maridos eran nobles. No quería hacerlo. Se decía que era por Melanie y por Jane. Pero, en el fondo, era por ella misma. Kate creía que Marcus, antes o después, iría a buscarla a ella y a sus hijas.
                Entonces, recordó la primera vez que supo que Marcus le estaba siendo infiel. Ocurrió en una fiesta a la que asistió en compañía de su marido. Se sentó en una silla junto a varias matronas que no paraban de hablar. Marcus le dijo que iba a saludar a un viejo amigo al que hacía mucho que no veía, pero estaba tardando demasiado.
-Será una mujer joven, hermosa y, probablemente, fogosa en el lecho, pero no creo que sea suficiente-afirmó una mujer rolliza-Yo creo que el marido la engaña con otra.
             ¿Estaban hablando de ella?, se preguntó Kate. Si era así, Marcus la estaba engañando con otra.  Tenía que dolerle. Pero su corazón se rompió ante aquella certeza y no podía sentir dolor alguno.
-Yo creo que es un antiguo amor-opinó una dama de unos sesenta años-Ella es pobre. Y no puede darle hijos. Por eso, se ha buscado a esta joven. Que iba camino de ser una solterona cuando se casó con él. Pero es todavía joven. Y era virgen. Aún puede darle hijos.
-Creo recordar que se coló una noche por la ventana de su habitación-replicó una tercera dama.
-Y no hemos de olvidar que la tía de ella se oponía a esta boda-insistió una cuarta mujer.
-No olvido que los padres de ella causaron un gran escándalo cuando se casaron-apuntó la dama gorda-Ella, incluso, llegó a decir que había dormido en los brazos de él. Todo para forzar la boda. No sé si llegó a ser verdad o no. El caso es que se casaron. Con la familia de él oponiéndose. Fue un matrimonio feliz. Creo que eran felices. No sabría qué decir.
                 Sí, se dijo Kate. Estaban hablando esas cotorras de ella. Todo lo que oía era referente a su vida. La relación de sus padres...La oposición de tía Regina...
-Si están enamorados y quieren estar juntos, la esposa de él no cuenta-afirmó la señora de sesenta años.
-Él no es rico y tampoco es influyente-aseguró la tercera dama-No hemos de olvidarlo. Es ella la que tiene el dinero. Pero lo tiene porque la familia de su padre sí era rica e influyente. Ella sí podría divorciarse. Pero no lo hará. Está ciega de amor por él.
                  Otras mujeres que estaban sentadas en otras sillas y en distintos sofás y sillones admiraban la ropa que llevaba puesta Kate y la comentaban en voz baja.
-Pero no pueden casarse-dijo la cuarta mujer. Kate se puso rígida-Si quiere casarse por la Iglesia con su amante, tendrá que solicitar la nulidad eclesiástica.
               La alarma creció en su interior. ¡No podían estar hablando de ella! ¿O sí estaban hablando de ella?
-No se la darán-apostilló una quinta mujer.
-También pueden divorciarse-apostilló la primera mujer-¡Sería la comidilla de todo el país!
                 Risitas burlonas...Mirada mal disimuladas hacia Kate...Desprecio en los ojos...



                 Con mano temblorosa, Kate se quitó una miga de pan que tenía en la falda. Era de la cena. Bebió un poco de su copa de champán. Le temblaba la mano.
-¿Por qué no se la darán?-preguntó la dama rolliza.
-Eso es muy caro-respondió una sexta dama-Ni siquiera el tío de la joven tiene tanto dinero como para costearla.
                  Kate se dijo así misma que no debía llorar.
                  Habían pasado ya varios años desde aquella humillante noche. Pudo habérsele caído la venda de los ojos.
                       Pero ella se puso de nuevo la venda. Y lo siguió haciendo durante los años siguientes.
                      Incluso cuando encontró a su marido en la cama con otra mujer. Besando a otra mujer que no era ella.
                        No le abandonó. No quiso echarle de casa. Se limitó a irse de allí a llorar al cenador. Soportó una y otra vez las humillaciones de Marcus.
                      Intentó convencerse así misma de que su marido la amaba. De que iba a cambiar. Era padre de dos hijos. Podía cambiar.
                      Luego, murió Peter. 
                     Kate quiso darle un nuevo hijo. Creyó que sería varón y que eso haría cambiar a Marcus. Sufrió un aborto la tercera vez que se quedó embarazada. Y la cuarta...Por suerte o por desgracia, tuvo una nueva hija. Marcus no cambió. Y acabó abandonando a Kate al poco de dar a luz a Jane. De no ser por Regina, Kate habría cometido una locura hacía mucho tiempo.
                    El amor que sentía por Marcus hacía mucho que se había convertido en una obsesión. Y la propia Kate lo sabía.

sábado, 23 de marzo de 2013

BERKLEY MANOR (EDITADO)

Hola a todos.
Aquí tenéis un nuevo fragmento de mi relato Berkley Manor. 
¡A ver qué os parece!


                     Melanie Melinda Livingston era sólo una chica más. No era muy inteligente. Lo sabía. Todo el mundo se lo decía. Y ella había terminado por creérselo. Le habían dicho que las mujeres inteligentes asustaban a los hombres. Les hería el ego. Los hombres no soportan ser empequeñecidos por las mujeres. Por eso, pensaba Melanie, su padre abandonó a su madre. Sir Marcus Livingston no soportaba estar casado con una mujer tan inteligente como Kathleen Delia Carnaby-Montgomery. Al menos, eso era lo que la propia Kate pensaba. Todo lo hacía con tal de no asumir la verdad. Que su marido nunca la había amado. El saberlo la iba a vovler loca. Porque ella sí estaba enamorada de él. 
                  Le escribía con frecuencia largas cartas de amor.
                 En aquellas cartas, Kate le pedía que regresara.
                 Le juraba que ella le estaría esperando. Que siempre lo amaría. Que no había un hombre en su vida. Que era sólo suya. Pero su marido no le contestaba nunca. Parecía no leer aquellas cartas. Kate creía que alguien le escondía las misivas de sir Marcus. Todo...Con tal de negar la evidencia. 
                 A Melanie no le gustaba leer. No era como su madre. No era ninguna intelectual. Jamás lo sería.
-Eso no importa-le decía su tía abuela Regina-A veces, cuando una persona se cree muy inteligente, es más fácil que la engañen. ¡Mira lo que le pasó a tu madre!
-Mi madre tuvo la desgracia de casarse con un canalla-replicaba Melanie.
-Tu padre vio que tu madre se lo tenía muy creído. Por eso, fue fácil engañarla. No te desesperes, Melly. Dios sabe lo que se hace en algunos casos.
                  Estaban sentadas en el salón. Melanie intentaba leer uno de los ensayos a los que tan aficionada era su madre a leer y que le había prestado. Como de costumbre, Regina estaba ocupada tejiendo una manta.
                     Melanie era un poco boba. Cuando Kate pensaba en su hija, no podía evitar esbozar una sonrisa condescendiente. Miró a su hija mientras ésta intentaba ayudar a Anne a hacer los deberes. Eran muy diferentes, pensó. Como la noche y el día...
               Anne Jane Livingston era la que más se parecía a su tía Regina. Mientras que Melanie había salido a la familia de Marcus. Su primogénita poseía un gran encanto, pero nada más.
               Muy a su pesar, Kate se sentía orgullosa de Melanie. Su hija no sufriría el calvario que vivió ella. Saberse no amada por su marido. Porque Kate amaba a Marcus. Lo seguía amando con desesperación. Tía Regina se lo había dicho.
-Las mujeres de la familia Sherbrooke cometen el mismo error-decía-Algunas, no todas, por suerte. Se enamoran estúpidamente de canallas que no son capaces de corresponderles. Y echan a perder inútilmente sus vidas por amor a ellos.
                  Sherbrooke era el apellido de soltera de Regina y de la madre de Kate. Selene Sherbrooke, la madre de Kate, había cometido el terrible error de echar a perder su vida. Y lo hizo por amor. Su hija siguió los mismos pasos que ella. Por desgracia...
                  Melanie era bonita. Sí. Y mucho. Pero nada más.
                 Kate casi lo prefería. Melanie no era como ella. Sería mucho más sensata de lo que Kate había sido cuando se entregó a Marcus perdidamente enamorada de él.
                   Le recordaba a su difunta hermana Selene en algunas expresiones de la cara. En el físico, era más parecida a la madre de sir Marcus. La pobre mujer no ganaba para disgustos con su único hijo. Murió antes de poder conocer a Melanie. Regina había visto un retrato suyo. Era rubia. Tenía los ojos de color azul. Su nieta mayor era su viva imagen.
              Melanie era todo candor. Era una chica muy inocente.              
             Dulce...Bondadosa...Tímida...
          No como Anne.
           Las dos hermanas se querían mucho. Eran muy diferentes entre sí. Anne era un torbellino lleno de vida.
                    Se parecía mucho a Kate. Sin embargo, en el físico, se parecía más al padre de Kate, a su abuelo materno. Por desgracia, había muerto cuando Kate era todavía una niña. Antes de llegar a la adolescencia. 
                   Estaba bordando un mantel.
                  La escena le pareció muy hogareña.
                  La hija mayor que ayudaba a la hija menor a hacer los deberes.
              La madre estaba sentada en el sofá bordando.
                 A su lado, estaba la anciana tía de la madre tejiendo una manta.
-A ti te pasa algo, Katie-observó Regina-Y sé de qué se trata.
-Mis hijas deberían de estar con su padre, tía-afirmó la aludida.
-Yo pensaría lo mismo que tú. Pero hay un problema. Tu marido es el mayor miserable que jamás ha pisado suelo británico. Las niñas y tú estáis muy bien sin él. Ni Janie ni Melly le echan de menos.
-Es mi marido, tía Regina. Te lo he dicho muchas veces. No sé qué nos ha pasado.
-Yo sí sé lo que ha pasado. Marcus es un maldito hijo de perra. No os merece ni a ti ni a las niñas. Lo mejor que ha hecho ha sido largarse. ¡Ojala no vuelve nunca! Sólo os ha hecho sufrir. No os lo merecéis. Estamos muy bien como estamos, Katie.
            La mujer guardó silencio.
            No pensaba en que sus hijas necesitaban a su padre. Sólo pensaba en lo mucho que ella necesitaba a Marcus.
-Yo lo amo, tía-admitió Kate.
-Deberías de desterrar ese amor de tu corazón-le aconsejó Regina-Te está haciendo mucho daño, cariño. 

 
                   Sir Marcus Livingston fue el que llevó la desgracia a la vida de Kate. Eso era algo que Regina siempre decía. Lo peor que le pudo haber pasado a su sobrina fue enamorarse de aquel hombre.
                   Los padres de Kate habían muerto años antes.
                Kate era una niña por aquella época. Se decía que su padre se había suicidado. Y que su madre la había abandonado para irse con otro hombre.
                Regina se hizo cargo de su sobrina. Se volcó por completo en ella. Kate era muy parecida a su madre. Regina Dorrit era viuda.
               Su marido murió nueve años después de la boda. No tuvieron hijos. Los médicos fueron muy claros con Regina. Era estéril. Jamás tendría hijos. Kate era la única hija de la única hermana de Regina. Fue su madrina de bautismo. Sin embargo, Kate era muy parecida a su madre. Ésta se había ido con otro hombre, era verdad. Pero éste, a su vez, acabó abandonándola.
                Regina fue a buscarla. La encontró medio muerta en una sucia pensión en Liverpool. Su amante la había abandonado. Estaba acostada en una cama. Tenía moratones en la cara. Y tenía, además, cortes en los brazos. La madre de Kate se llamaba Selene. Al verla, Regina se abalanzó sobre ella. La abrazó con fuerza.
                 Lo único que hizo Selene fue llorar. No le contó a su hermana lo que había vivido al lado de su amante.
-¿Qué te ha pasado?-le preguntó Regina nada más verla.
-¡Por favor, Reggie!-respondió Selene. Apenas podía hablar de lo débil que estaba. Tenía marcas de moratones por todas partes-¡No me hagas preguntas! ¡Qué vergüenza!
-Volverás a casa conmigo-le prometió Regina-Te voy a cuidar. Y te vas a poner bien.
-¡Ahora, lo que más deseo es morirme!
-Tu hija te está esperando.
                   Selene era consciente de que se estaba muriendo. Se arrepentía de corazón de haber abandonado a su hija. Pidió pasar tiempo antes de morir. Necesitaba recuperar su cariño. Saber que su hija le perdonaba. A pesar de que sospechaba la verdad. Kate la odiaba por haberla abandonado. 
                Regina no pudo negarse a cumplir este deseo.
                La llevó consigo a la isla de Wight, donde vivía con su marido. Éste estaba gravemente enfermo.                Lo mismo que la hermana de Regina. La mujer cuidó de ambos. Y también cuidó de Kate. Su sobrina estaba en una edad difícil. Se había convertido en una adolescente. La relación que mantenía con su madre era muy mala. Kate no le perdonaba el haber sido abandonada. La culpaba de la muerte de su padre.
 No podía ni verla. Era una actitud comprensible desde cualquier punto de vista. No quiso abrazar a su madre cuando ésta regresó a casa. Simplemente, se la quedó mirando atónita. Selene alzó los brazos hacia ella. La llamó. Pero Kate no le hizo caso. Selene quería abrazar a su hija. Pero ésta salió corriendo. Le negó aquel abrazo a su madre. Selene iba en brazos de una criada. No podía ponerse de pie. Apenas podía caminar. Se cansaba enseguida. Su cuñado, a pesar de que también se sentía débil, fue a buscar a un médico. Regina, en un rincón, intentaba ocultar sus lágrimas. Se preguntaba qué le había pasado a su hermana. ¿Cómo has podido acabar así?, se preguntó. No la reconocía. 
                  Selene intentó recuperar el tiempo perdido con Kate. Pero se encontró con el muro de piedra que Kate había construido a su alrededor. La cuidaba, sí. Pero la cuidaba sin querer cuidarla. Estaba furiosa con ella. Nunca le perdonó el haber sido abandonada por su madre. Más tarde, cuando Marcus la abandonó, Kate sí estaba dispuesta a perdonarle. Pero se encontró con que su hija mayor no quería saber nada de su padre. Y Regina se puso de parte de su hija. Odiaba a Marcus.
                 Primero, murió su marido. Después, murió su hermana. Kate siguió bajo el cuidado de Regina.
La familia de su padre no quiso saber nada de ella. Desaprobaron su matrimonio con su madre. Decían que estaba muy por debajo de su posición social. La familia paterna de Kate eran los Carnaby-Montgomery. Una de las familias con más abolengo de toda Inglaterra...
                Pasaron los años. Kate fue creciendo. Era una joven alta, más alta que la media de las mujeres. Era pelirroja. Según Regina, su madre también era pelirroja. También era pecosa. Era bonita, a su modo. Sin embargo, Kate solía pasar desapercibida. A los veinticinco años, seguía soltera.
                 El padre de Kate le había dejado una cuantiosa dote. Su familia paterna la administró mientras ella fue menor de edad. Cuando se enteraron de que Kate ya tenía veinticinco años, por primera vez en mucho tiempo, se pusieron en contacto con ella a través de una carta. La citaron en un despacho de abogados en Bath. Kate acudió allí en compañía de su tía Regina. La mujer no la dejaba nunca ni a Sol ni a sombra. Le entregaron la dote que le correspondía.
               Una tarde, Kate y Regina dieron un paseo en faetón por la ciudad de West Cowe. El rostro de Kate estaba serio.
-¿Por qué estás triste, cariño?-le preguntó Regina a su sobrina.
-Ya tengo veinticinco años, tía-respondió Kate-Y todavía ningún hombre se ha fijado en mí.
-A lo mejor, es lo mejor que podría pasarte.
-Yo deseo enamorarme. Deseo que me amen. 
                Fue entonces cuando sir Marcus Livingston se fijó en Kate. Era un noble venido a menos. Era el hijo del baronet de Stratford. Había despilfarrado toda su fortuna en juergas, en cortesanas y en partidas de cartas. Se decía que había matado a disgustos a su pobre padre. Y que su madre había envejecido prematuramente por su culpa. Necesitaba casarse con una heredera y lo antes posible. Sus acreedores habían perdido la paciencia con él. Sir Marcus no quería dar con sus huesos en la cárcel. Ya había estado una temporada en Newgate por culpa de las deudas. Fue todo un Infierno. Los guardias no tuvieron consideración alguna con él. Los presos le agredían a la mínima de cambio. Sir Marcus no quería regresar allí por nada del mundo. 
                Kate era una joven atractiva. Era lo bastante ingenua para confiar ciegamente en él. Y era lo bastante rica como para utilizar su dinero para proseguir con sus fechorías. No le costó trabajo enamorarla. Kate quedó prendada en el acto del apuesto y muy viril Marcus. Creyó ciegamente en sus palabras bonitas y en sus juramentos de amor eterno. Pero Regina desconfiaba de los hombres como Marcus.
                Trató de alejar a Kate de Marcus. Pero no lo consiguió. La joven estaba obsesionada con aquel hombre.
                Kate se casó con Marcus en contra de la opinión de su tía. Se dejó seducir por él para obligar a Regina a que les dejara casarse. Una noche, Marcus se coló en la habitación de Kate y la joven se dejó embriagar por los apasionados besos que Marcus le daba. Perdió la virginidad con él aquella noche. Descubrió un Universo lleno de placer con sus caricias. Al día siguiente, se lo contó a Regina. Le mostró la sábana de su cama. Manchada con su sangre virginal...
-¡Ése miserable ha osado deshonrarte!-se horrorizó Regina.
-Nos vamos a casar, tía-le comunicó Kate-Ya no soy virgen.
-¡Aunque no seas virgen! ¡Aunque des a luz a gemelos fuera del matrimonio! ¡No vas a casarte con él!
                Ésta dijo que prefería ver a Kate en un convento tras haber quedado deshonrada que casada con Marcus. Entonces, Kate acabó huyendo con Marcus y se casó con él a escondidas. La boda tuvo lugar en la capilla de Gretna Green. Fue una boda apresurada y muy triste. 
                 Las infidelidades de Marcus empezaron desde el mismo momento en que se casó con Kate. Ella lo sabía. Pero prefería no ver la realidad.
                 Regina no dejó de preocuparse por Kate, a pesar de que ésta estaba casada con aquel miserable. La pobre Kate sufrió lo indecible al lado de Marcus. Antes de nacer Melanie, tuvo un hijo, un varón. Se llamaba Peter. Regina estaba segura de que Marcus tampoco había querido a aquel niño. Apenas se preocupaba por él. Y, cuando murió, Kate estuvo a punto de morir también de pena. Marcus no lloró al pequeño Peter. El niño murió cuando tenía cuatro años al caer del pony que le había comprado su padre.                 Para entonces, ya había nacido Melanie. Ésta había oído hablar de su hermano mayor. Kate lloraba a aquel niño.
                Creía que era lo único que le había unido a Marcus.
                 Melanie no tenía ningún recuerdo de su hermano. Todo lo que sabía era lo poco que le había contado su madre.
                 Pero Kate no quería hablar de aquel hijo. Le hacía demasiado daño recordarlo. Tampoco tía Regina hablaba de aquel pequeño. Había sido su madrina de bautismo. Y tenía algo que le recordaba mucho a su difunto esposo. En su opinión, había cosas que era mejor dejar enterradas en el pasado.
Melanie y Anne visitaban la tumba de su hermano mayor.
-¿Tenemos un hermano?-le preguntó Anne a su hermana la primera vez que visitaron la tumba.
-Lo tuvimos hace muchos años-respondió Melanie-Pero murió cuando era muy pequeño.
-¿Lo llegaste a conocer?
-Era muy pequeña cuando él murió. No me acuerdo de él.
-Me habría gustado conocerle.
-Puedes rezar por él todas las noches antes de acostarte, Annie.
-Eso no me sirve. Me habría gustado conocerle. Cuidaría de nosotras, Melly. No estaríamos tan solas. Y, cuando viajes a Londres, él te acompañaría. Y te protegería. 
-No quiero hablar de Londres, Annie. 
               Dos años después de nacer Peter, Kate quedó de nuevo embarazada. Pero sufrió un aborto cuando estaba embarazada de seis meses. El feto abortado fue un niño. Kate estuvo a punto de morir desangrada a raíz de aquello. El médico luchó arduamente para salvarle la vida. A pesar de que Kate quería morir. Pensó que nunca se quedaría de nuevo en estado. Pero había tenido a Melanie y a Anne.
                Kate tenía que ser sincera consigo misma. Marcus nunca había estado enamorado de ella. Recordaba las noches en las que llegaba a casa borracho y oliendo a mujerzuela.
               Había sentido un gran placer entre sus brazos. Entonces, Kate creía que su marido la amaba. Pero él sólo la quería por su dinero. Después de haber nacido Peter, estuvo con ella durante unas semanas y, después, la abandonó. Era lo que siempre había querido hacer. Kate lloraba por su frialdad y por su desamor.
               Seguía enamorada de él, siguiendo la estela que había llevado a las mujeres de su familia a la desgracia. Se había enamorado de un mal hombre. Pensaba en sus hijas. Ni Melanie ni Anne debían de seguir con aquella siniestra tradición. Por el bien de ambas...
                 De no ser por Regina, Kate se habría suicidado. De no ser por Regina, Kate se habría olvidado de sus hijas y se habría consumido de dolor y de pena hacía mucho. Echaba de menos a Marcus. Lo añoraba tanto que le dolía. Pero debía de admitir de una vez la verdad. Marcus nunca había estado enamorado de ella. Ni Kate ni sus hijas le importaban. Era un egoísta. No quería saber nada de su familia.  No le escribía nunca ni a Anne ni a Melanie. Quería pensar que sus hijas no existían.
              Kate amaba apasionadamente a Marcus.
              Desde que él se marchó, en su vida no entró hombre alguno.
              Estaba segura de que Marcus acabaría recapacitando. Y volvería de regreso con ella. La echaría de menos en algún momento. Eso sería lo que le haría regresar.
              El tiempo iba pasando. Pero Kate seguía esperando con ansia la llegada de alguna misiva de su marido. Pero la carta no llegaba.
                Kate lo achacaba a que el correo se retrasaba. No quería escuchar los rumores que circulaban acerca de Marcus en la capital. Pensaba que aquellos rumores eran falsos.
                  Que si estaba liado con la esposa de algún Ministro. Que si había participado en algún duelo. Que si se había encerrado durante días en un burdel con varias prostitutas. Que si bebía durante toda la noche en los peores antros de Londres.
             Para Kate, todo eso era mentira. Aún cuando era consciente de que era verdad.
             Porque ella se negaba a ver aquella realidad. Porque no quería admitir ante nadie que su marido jamás la había amado. Que ella no había significado nada en su vida, salvo una manera de hacerse rico.
              A Marcus no le había importado nunca su mujer. Y tampoco le habían importado sus hijas. De hecho, solía vivir como si estuviera soltero. Nunca hablaba ni de Kate ni tampoco de Melanie y de Anne. Sencillamente, ninguna de las tres existía.
               Poco le importaba el sufrimiento de su esposa. A pesar de que cada día que pasaba se sentía cada vez más débil. A pesar de que era consciente de que había algo dentro de él que le estaba consumiendo. Y lo hacía poco a poco.
             Marcus se decía así mismo que era el exceso de juerga. Bebía demasiado. Y se acostaba con demasiadas furcias. Tanto ricas como pobres...Y que todo eso, antes o después, acabaría pasándole factura. Empezaba a sentirse cada vez más débil. Pensaba que las fuerzas le estaban fallando. Pasaba más tiempo acostado que de pie. Y empezaba a sufrir accesos de fiebre. El médico le visitaba y le practicaba sangrías. Marcus pensaba que las sangrías le ayudaban a recuperarse. 

Cementerio

viernes, 22 de marzo de 2013

BERKLEY MANOR (EDITADO)

Hola a todos.
Lo prometido es deuda.
Aquí comienza Berkley Manor. Espero que os guste.

 ISLA DE WIGHT, 1792

EXTRACTO DEL DIARIO DE MELANIE MELINDA LIVINGSTON


                      La realidad se impone.
                     Llega el momento de la verdad. Estoy muy nerviosa. No sé qué hacer.
                    ¿Y qué soy? Una niña tonta. Una criatura insignificante.
                     Como cualquier señorita inglesa de buena familia, crecí en el seno de una familia muy sobreprotectora. Mi madre, mi tía abuela Reggie y mi hermana pequeña. A mi padre apenas lo conocí. Nos abandonó. Mi madre todavía le llora. Piensa que volverá algún día. 
                   La tía abuela Reggie y yo sabemos la verdad. Mi padre nunca volverá a casa. Eso es algo que mi madre no asimilará nunca. Le ama demasiado como para abrir los ojos a la realidad. 
                    Fue una boda sin amor. Él se casó con mi madre después de seducirla. Creía que mi madre tenía experiencia y resultó que era virgen. Al menos, eso es lo que escuché una vez decir a unos vecinos. No sé cuál es la verdad. Supongo que mi madre se entregó a él pensando que la tía abuela Reggie accedería a la boda. Ella siempre ha odiado a mi padre. Él tuvo que cumplir. Pero no renunció a su vida anterior. Ni a sus amantes...Yo apenas le conocí. Siempre pensé que acabaría abandonándonos. Y eso fue lo que pasó. Fue poco después de nacer Anne.
                    Mi padre quería tener muchos hijos varones. Visitaba a mi madre. Se quedaba unos días con ella. Intentaba concebir un hijo. Pero sólo tuvieron dos hijas. Anne y yo. La mayor, Melanie. Anne es más pequeña que yo. Tuve un hermanito dos años mayor que yo. Se llamaba Peter. No lo recuerdo porque murió cuando yo tenía dos años. Él tenía cuatro años. También...Mi madre iba a tener otro bebé. Pero lo perdió cuando estaba embarazada de cinco meses. No llegó a nacer. Mi madre no quiere hablar de Peter. Y tampoco quiere hablar de su otro hijo. Mi otro hermanito...
                ¿Qué les puedo decir? Mi madre se hundió cuando mi padre se fue. Dijo que volvería. Que tenía cosas que hacer en Londres. Se fue para no regresar. Y mi madre se vio sola.
Sola y arruinada. Porque mi padre estaba despilfarrando todo el dinero en sus juergas. Y en sus amantes. A veces, mi madre creía que mi padre regresaría. Se engañaba así misma.
                Mi tía abuela Regina, tía de mi madre, se vino a vivir con nosotras.
                 Tía Regina era viuda. No tenía hijos. Siempre se opuso al matrimonio de mis padres. Decía que mi madre estaría mejor en un convento que casada con un sinvergüenza. Y tenía razón. Pero nunca le reprochó nada. Al contrario. Estuvo a su lado apoyándola en todo momento. Tía Regina es como una abuela para Anne y para mí. Nos mima mucho.
                Pero mi madre seguía esperando, en vano, el regreso de mi padre. A mí se me crió para ser presentada en sociedad. Este año, viajaré a Londres si Dios quiere. Le haré mis reverencias a los Reyes.            Espero.
                  Veo a mi madre sentada en su mecedora.
                 Está tejiendo algo. Una manta para Anne, creo.
               Mira por la ventana. Tiene la sensación de que va a ver a mi padre aparecer caminando por nuestro pequeño jardín. Sabe que está perdiendo el tiempo. Pero parece no darse cuenta de ello. Llevo toda mi vida viéndola sufrir por culpa de mi padre. Amándole sabiendo que no es amada por él. 
                Mi padre nunca volverá.
                Se lo dice tía Regina.
-Marcus es un malnacido, Katie-le dice-No vale la pena que sigas pensando en él. Dedícate a cuidar de tus hijas. Melly ya es toda una mujer. Y Annie es una niña. Te necesita. Debes de empezar a pensar en casar a Melanie, Katie. ¿Cuántos años tiene?
-Diecisiete años…-afirma mi madre-Ya está en edad casadera.
-Es mejor casarla lo antes posible. Puede cometer el terrible error que tú cometiste. Enamorarse del primer sinvergüenza que pase por su lado y la engatuse. Debes de pensar en el bienestar de tus hijas, Katie.
                Mi madre se llama Kathleen. Pero se la llama cariñosamente Kate o Katie. Mi padre se llama Marcus.
                    Mi madre niega con la cabeza.
-Te equivocas-replica-Marcus me quiere. Tiene que venir a buscarnos. Aquí vivimos nosotras. Su mujer y sus hijas...
                 Tía Regina está leyendo un libro. Su autor es Daniel Daffoe. Se titula Moll Flanders.
-Marcus no te escribe-enumeró tía Regina-Nunca se ha preocupado ni por ti ni por las niñas. Se divierte en Londres mientras finge que no hay nadie aquí esperándole. Lo que deberías de hacer es pagarle con la misma moneda.
-¡Tía!-se escandaliza mi madre.
                Yo estoy sentada en una silla. Estoy bordando. Me sonrojo al escuchar a tía Regina hablar de ese modo.
-Por favor, tía-le susurro.
-No estoy diciendo ningún disparate-se justifica tía Regina-Tu madre es una mujer joven y todavía atractiva. Los hombres la admiran. Ella puede tener a cuantos hombres desee.
-Eso estaría mal visto-afirma mi madre.
-¿Y lo que hace tu marido está bien visto?-replica tía Regina-¿Ponerte los cuernos y tenerte abandonada está bien visto?
                   Anne está sentada a la mesa. Está haciendo los deberes. Oye sin querer nuestra conversación. Alza la cabeza para mirarnos. Para mi hermana, nuestro padre es una figura invisible y desconocida.
Sabe que tiene padre. Pero no le conoce. Sólo le conoce de las historias idealizadas que mi madre le ha contado sobre él.
-Deberías pensártelo, Katie-exhorta tía Regina a mi madre.
-No hay nada que pensar-decide mi madre.
-Haz lo que crees conveniente. Siempre lo has hecho. Y, como siempre, te has equivocado.
               Y yo, mientras, dejo de ser una niña para convertirme en una mujer.
              Una mujer confusa con su vida.
                   Mi madre deja de tejer. Tiene los ojos llenos de lágrimas. Me enfado con ella porque sigue llorando por mi padre. Aún cuando éste no se lo merece. Aún cuando sabe que él nunca le ha dedicado ni un sólo pensamiento. Ni a ella ni tampoco a Anne. O a mí. Sus hijas.
-No llores por Marcus-le aconsejó tía Regina-Si hay algo que odio es que se llore en esta casa por alguien como él. No se lo merece. Nunca se lo ha merecido.
-¿Quién es Marcus, Melly?-me pregunta Anne-¿Es nuestro padre?
 -Sí-respondo-Es nuestro padre. Anda. Sigue haciendo los deberes. A mamá ya se le está pasando el disgusto.
                Mi hermana no está conforme.
                 Le gustaría saber dónde está nuestro padre. El porqué nunca se ha preocupado por nosotras. Si alguna vez nos ha querido. Anne es todavía muy pequeña y no entiende ciertas cosas. No sé si mi madre será capaz de sincerarse con nosotras algún día. 
-¿Sabes dónde vive nuestro padre, Melly?-me vuelve a preguntar Anne.
-No sé nada de él-le respondo.
-A mí me gustaría conocerle.
            No sé qué pensar.
            Es nuestro padre. Pero es un desconocido para nosotras.
            No podría mirar a ese hombre a la cara. No podría pensar en él como un padre.
-Yo no quiero saber nada de él-le confieso a Anne.
-¡Es nuestro padre!-se escandaliza mi hermana pequeña.
-Pero no le conocemos. Nunca ha venido a vernos. Nunca nos ha escrito. Nunca se ha preocupado por nosotras. Es un desconocido. No podría quererle.
            Anne no lo ve del mismo modo que yo lo veo. Tiene sólo diez años. Todas sus amigas tienen padre. Pero ella no tiene padre. Lo tiene. Pero no le conoce.
              Anne se ha hecho muchas preguntas. ¿Por qué nuestro padre nunca ha venido a vernos? ¿Por qué nunca se ha preocupado por nosotras? 
-Tía Regina dice que es un canalla-le cuento-Dice que nunca quiso a mamá. Y que, por eso, nos abandonó. 
              Hay cosas que me cuesta trabajo contarle a Anne. Porque hay cosas que me cuesta trabajo entender. Todo lo que sé es por lo que oigo decir a tía Regina. Mi madre, en cambio, suele hablar bien de nuestro padre. Nos asegura a Anne y a mí que él no viene a vernos porque está demasiado ocupado con sus asuntos en Londres. Tía Regina no dice nada. Guarda silencio. Pero está a punto de estallar. 
-Un Santo...-la oigo murmurar-Un gran hombre...
-¿Por qué hablas mal de nuestro padre?-le pregunto. 
-No te lo puedo contar. Aún eres una niña. Aunque ya estés en edad de casarte. Además, tu madre prefiere decir que vuestro padre es un gran hombre. Si quiere vivir en una mentira, es asunto de ella. 
                 Se pone de pie. Sale del salón. No quiere acabar discutiendo con mi madre. Por lo visto, cada vez que se menciona a mi padre en esta casa, acaban discutiendo. 


                   Los recuerdos atormentaban a Kate.
                   Se veía así misma paseando con Marcus. Se sentía orgullosa cada vez que salía a la calle y se cogía de su brazo.
                   Aquellos pensamientos se imponían a otros pensamientos que eran mucho más dolorosos. Imágenes en las que veía a Marcus en brazos de otras mujeres.
                   Ya no era una niña cuando conoció a Marcus.
                     Aún recordaba su primera noche de amor vivida con él. A pesar de que, cuando se despertó, Marcus se había ido. Desde la ventana de su habitación, Kate veía que se estaba poniendo el Sol. Recordaba las veladas en el teatro al lado de Marcus. La ventana de su habitación estaba abierta. Había gente a orillas de la playa. Soplaba una brisa fría. Kate se apresuró a echarse el chal sobre los hombros.
                   Su amor por Marcus seguía siendo incondicional. Le seguía siendo fiel porque no concebía a ningún otro hombre en su vida. En la isla, los vecinos decían que Kate era el ejemplo perfecto de esposa complaciente.
                  Lo amaría hasta el último día de su vida. Había pensado que era la única mujer en la vida de Marcus. Que él le estaba siendo sincero cuando le decía que ella era hermosa. Que no había ninguna otra mujer en su vida.
                  Pensó que era la mujer más desgraciada del mundo. Vivía sumida en una profunda lástima hacia sí misma.
-Madre...-la llamó Anne.
                 Kate se dio la vuelta.
-¿Qué estás haciendo aquí?-le preguntó.
                  Anne se acercó a su madre. Kate se preguntó cuándo fue la última vez que tuvo un auténtico gesto de cariño hacia sus hijas. La verdad era que no lo recordaba. Sólo pensaba en sí misma. Pensaba únicamente en el sufrimiento que anidaba en su corazón.
-Es la hora del té-le dijo Anne a Kate.
                 La mujer se sentó en una silla. No pensaba bajar al salón. No quería enfrentarse a la mirada cargada de reproche que le dedicaba su tía Regina. ¿Acaso ella nunca había estado enamorada? ¿No era capaz de ponerse en su situación? ¡No la había comprendido! ¡Jamás la entendería!
-No me encuentro bien-mintió Kate.
-¿Quieres que vaya a buscar al médico?-se ofreció Anne.
-No, cariño. Gracias.
-¿Qué te pasa, madre?
-Me duele un poco la cabeza.
-Deberías de acostarte.
-Sólo me acostaré un ratito.
               Anne llevaba puesto un vestido de color blanco.
-Me retiro, madre-dijo la niña-Pero le diré a Melly que suba dentro de un ratito a verte.
             Anne salió corriendo de la habitación. Kate se sintió aliviada cuando la vio cerrar la puerta. Sólo quería estar sola.
              Kate pensó que Marcus estaba desilusionado con ella. A menudo, ella había sentido miedo de él. Le parecía demasiado arrogante y ella creía que era poquita cosa. No le gustaba asistir a bailes. Su pasión le provocaba más miedo que otra cosa en la mayoría de ocasiones. Porque ella no era una mujer sensual. Porque ella no era una mujer mundana.
              Marcus era como los demás hombres.
              Ni las dos hijas que le había dado le habían servido para retenerlo a su lado.
               Se acercó a su cama y se sentó en ella. Era verdad que le dolía la cabeza. Aún sentía la mano de Marcus cogiendo su mano. Podía sentir sobre su piel las caricias de sus manos experimentadas. Me estoy volviendo loca, pensó. Marcus se despidió de ella antes de irse de manera definitiva dándole un beso suave. Una lágrima solitaria se deslizó por la mejilla de Kate. Era una mujer locamente enamorada de un miserable.
                 De un hombre que jamás la había querido.
 

                   Por culpa de Marcus, se estaba perdiendo muchas cosas. Melanie ya estaba en edad casadera. Antes o después, debía de empezar a buscarle marido. Melanie tenía que casarse por amor, pensó Kate.
                  Pero acabaría casándose por su propio bien.
                  Aún así, Kate quería lo mejor para sus hijas. Melanie había crecido mucho.
                 Antes o después, se celebraría su puesta de largo.
                 Kate recordó su entrada en el Mercado Matrimonial. Pensó que iba a quedarse soltera.
                 Hasta que conoció a Marcus. Y se enamoró de él. Pensó que él también la amaba. Fue un terrible error. Su cabeza se lo gritaba. Pero Kate no quería oírla. No quería pensar que había destrozado su vida.
                Le dolía demasiado el corazón como para pensar en eso. 

jueves, 21 de marzo de 2013

"AMOR Y DOLOR" SE CONVIERTE EN "BERKLEY MANOR"

Hola a todos.
Hace algún tiempo, escribí una novela, Amor profano.
Pensaba en colgarla en mi blog "Un blog de época".
Estaba dividida en dos partes. La primera parte contaría la historia de los padres de la protagonista, Adorna. La segunda parte contaría la historia de Adorna.
Bien, empecé a subirla a mi blog "Un blog de época". Sin embargo, cuando sólo había subido seis capítulos, decidí parar. Tenía demasiados proyectos en danza. No podía atosigarme. Podía correr el riesgo de bloquearme y de perder lo que era la pasión de mi vida: la escritura.
Este año, un proyecto mío, La mujer sin corazón, ha visto la luz. Hacía tiempo que había empezado a escribir esta novela corta. Pero la inspiración se me iba y la dejaba aparcada. Finalmente, la inspiración retornó. Y retornó con tanta fuerza que me ha impulsado a acabar de escribir esta historia de amor que espero que espero que os guste. Ya está en descarga gratuita en mediafire.
El caso es que he retomado Amor profano. Había pensado en llamar a la primera parte Amor y dolor. Pero no lo he hecho.
La historia que tenía en mente para la primera parte no casaba demasiado con la historia de Adorna. De modo que he decidido crear una historia independiente. Ya no se llamará Amor y dolor. 
Pasa a convertirse en Berkley Manor. 
Sí, es lo que estáis imaginando. Y diréis, con razón, que tengo poca imaginación.
El escenario de esta historia es una magnífica mansión situada en la campiña inglesa.
Sin embargo, no va a haber bailes en esta mansión.
Estamos en los últimos años del siglo XVIII. Kate es una mujer cuyo marido la abandonó años antes, dejándola sola con sus dos hijas y cuyo abandono no ha sido todavía superado. Melanie y Anne son las hijas habidas en este matrimonio. Melanie es una bonita e ingenua muchacha que está en edad casadera y Anne tiene diez años. Consciente de que tiene que buscarles un buen partido, y aconsejada por su tía Regina, Kate envía a su hija mayor a pasar unos días a Berkley Manor, la imponente mansión propiedad de los duques de Berkley. Los duques pensaban recibir a numerosos invitados en su lugar de residencia. Pero Melanie llega en en mal momento, ya que el heredero de los duques, un niño de cinco años, acaba de morir víctima de una enfermedad fulminante. Los invitados optan por quedarse para acompañar a los padres en su dolor.
Melanie conoce a otras jóvenes que parecen estar más tristes por no poder trabar relación con los partidos más codiciados que por la muerte del pequeño. Y también conoce al vicario, Chris, un joven sencillo y piadoso. Los dos se enamoran en un ambiente más bien triste y fúnebre.
En estas circunstancias, Melanie reflexiona acerca de la vida y de la muerte.
Espero poder subir un capítulo todos los días, por muy corto que sea. Es una novela más bien corta. Espero que os guste.
Y así es como me imagino yo Berkley Manor.
A partir de mañana, conoceremos la historia de Melanie y de cómo vive su primer amor en un ambiente más bien triste. ¿Puede nacer el amor en medio de unas circunstancias tan tristes?
¡Sólo hay una forma de descubrirlo!
¡Hasta mañana!

miércoles, 20 de marzo de 2013

LA CREMÁ

Hola a todos.
Ayer, se celebró la cremá. Es el momento en el que culminan las fiestas de San José, cuando se queman los ninots. 
Es un espectáculo emocionante ver cómo arden las fallas. Pero también da mucha pena. Son muchos días de esfuerzo. Se hacen los bocetos de los ninots. Se trabajan en ellos día y noche. Y, luego, son reducidos a cenizas en cuestión de minutos. Es la tradición. Aún así, da pena ver cómo tanto esfuerzo se quema.
Pero da más rabia ver a un actorazo de la categoría de Anthony Hopkins haciéndose la picha un lío en Misión Imposible 2, donde mezclaba Fallas y Semana Santa.
El caso es que aquí os dejo con unas imágenes de ninots. Son fotos antiguas. Una manera de mirar hacia atrás y de recordar viejos tiempos.
 Esta foto data del año 1900. ¡Así eran los ninots hace 113 años!

 Y aquí tenemos a otro ninot de 1900.

Y así eran los ninots en 1944.

¿Qué me decís de estas fotos antiguas de ninots? ¿Qué os parecen?
¡Hasta mañana!

martes, 19 de marzo de 2013

¡FELIZ DÍA!

Hola a todos.
La entrada de hoy es breve.

¡FELIZ DÍA DEL PADRE!

¡FELIZ DÍA DE SAN JOSÉ! 

Mi enhorabuena a todos aquellos que son padres y también a todos los Josés y Josefas del mundo. 

 Fotografía de un ninot expuesto antes de la nit del foc. Esta foto data del año 1926.



domingo, 17 de marzo de 2013

LA MUJER EN LA HISTORIA

Hola a todos.
Siempre me he preguntado el porqué el papel de las mujeres siempre ha sido tan poco destacado a lo largo de la Historia.
No sabemos nada de mujeres arquitectos. Si eras una mujer que escribía, firmabas con un pseudónimo masculino.
No sabemos nada de mujeres historiadoras hasta hace relativamente poco tiempo. Durante siglos, la mujer no era tratada como un igual por parte del hombre. Sólo servía para la reproducción. Dentro del matrimonio, por supuesto.
Escribir novela histórica es difícil. En nuestra mentalidad actual, encontramos injustas muchas situaciones que vivieron las mujeres en el pasado. Pero era la realidad de aquella época. Por desgracia...
¿Cómo podemos hacer una fusión perfecta entre una historia sacada de nuestra imaginación con la realidad de la época en la que escribimos? La verdad es que es muy difícil.
Una vez, leí en una entrada del blog de Camila Winter que, al escribir novela histórica, nuestro subconsciente nos delata. En lugar de querer hacer un reflejo de cómo era la vida en aquella época, nos sale otra cosa. Reflejamos la forma de pensar de hoy en día. La angustia cotidiana del siglo XXI...Una mujer de principios del siglo XIX, por ejemplo, no goza de la libertad que hoy tiene, en teoría, una mujer. Estaría sometida a los dictados de la sociedad de su tiempo. Salirse de la norma sería terrible. Con sólo enseñar un poco el talón mientras se está bailando el vals, estarías condenada socialmente.
Escribir una novela histórica es el mayor reto que se le pueda plantear a cualquier escritor. Al menos, yo lo veo así.
No se trata sólo de investigar. Hay que afrontar los hechos tal y como ocurrieron, si bien, luego, podemos tomarnos una licencia poética. De esta manera, se capta la atención del lector.
Un buen ejemplo lo encontramos en la novela de nuestra buena amiga Miranda Kellaway, Ecos del pasado. 
Una perfecta fusión de novela histórica vista desde una perspectiva real, pero con licencias poéticas que la hacen muy atrayente.
¡Hasta mañana!
 Dama de principios del siglo XIX.