jueves, 3 de septiembre de 2015

ILUSIONES ROTAS

Hola a todos.
Aquí os traigo el último fragmento de mi relato Ilusiones rotas. 
Muy pronto, os traeré el epílogo.
Aunque sea una historia más bien triste y pesimista, yo espero y deseo de corazón que os haya gustado.

                                       Mistress Karen puso su casa a la venta.
-Va a ser muy difícil venderla-le explicó el dueño de la agencia inmobiliaria que contrató para llevar a cabo la venta.
                                       Mistress Karen habló con él por teléfono. Lo cierto era que la mujer no pedía un precio demasiado elevado por la casa. Tan sólo quería huir de aquel lugar y de los fantasmas que habitaban allí. Olvidar. Tan sólo eso...
-Piense que estamos en plena guerra-añadió el dueño de la agencia inmobiliaria-La gente no está para comprar casas. ¿Comprende?
-Mi casa tiene un sótano bastante amplio-contestó mistress Karen.
-Han sido destruidos muchos hogares por culpa de los bombardeos. La gente no tiene adónde ir.
-Yo ofrezco mi casa. Puedo dejársela gratis a quién esté interesado en ella.
                                    Mistress Karen decidió que ya no tenía nada que perder. Lo había perdido todo. Sentía el deseo de huir de aquel lugar llevándose consigo a Zayra.
                                     Irían a Bradford. Y tratarían de renacer.
                                     Sin embargo, en opinión de Zayra, era demasiado tarde.
                                    A la criada le costó trabajo hacer las maletas. Le costaba trabajo pensar que tendría que abandonar aquel lugar. Irse de aquella isla.
                                     Su hija Sophie estaba enterrada allí. Alexander también había sido enterrado allí. Y su nieto...
                                     Zayra apenas tenía ropa que llevarse. Metió toda la ropa en una maleta. Mientras lo hacía, luchaba por no echarse a llorar.
                                     Nada tiene sentido, pensó. Ya no le quedaba nadie. Sólo tenía a mistress Karen. Terminó de hacer la maleta. Se sentó en la cama y permaneció mirando al vacío.
                                    Las lágrimas rodaron sin control por sus mejillas. No asumiré nunca lo que me ha pasado, pensó. Y tuvo la dolorosa sensación de que era verdad. Nunca superaría la pérdida de su única hija. El hecho de que estaba sola.

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