miércoles, 16 de septiembre de 2015

ILUSIONES ROTAS

Hola a todos.
Aquí os traigo el último fragmento de mi relato Ilusiones rotas. 
En breve, me gustaría subir el epílogo, que estará dividido en dos partes.
Es probable que alargue un poco el final para no dejar ningún cabo suelto. Pero eso lo veré más adelante.
De momento, aquí os dejo con Ilusiones rotas. 
Aunque sea una historia triste, espero que os haya gustado.

                                  Por increíble que pareciera, mistress Karen encontró un comprador para su casa. Se trataba de un matrimonio joven, que tenía tres hijas de corta edad.
                                  La familia acudió a ver la casa una tarde. Tuvieron que quedarse allí porque no tardaron en sonar las alarmas. Mientras estaban metidos debajo de la mesa, la mujer le comentó a mistress Karen que le gustaba aquel lugar.
-¿De dónde son ustedes?-le preguntó la dama.
-Venimos de Derby-respondió la mujer.
-Estamos buscando un lugar tranquilo-intervino el marido.
-Dios mediante, espero que no caiga ninguna bomba aquí-afirmó mistress Karen.
-Los alemanes no quieren atacar las islas del río Támesis. Éste es el lugar ideal para nosotros.
-¡Es muy bonito!-trinó la mayor de las niñas-¡Me gusta mucho!
                                Mistress Karen miró con cariño a las tres niñas. Tuvo la sensación de que estaba haciendo lo correcto. Le vendería la casa a aquella familia. El hombre le aseguró que estaba dispuesto a pagar un buen precio por ella.
-Dígame cuánto pide por la casa-le dijo en cuanto dejó de sonar la alarma.
-El precio de venta es de 20.000 libras-le expuso mistress Karen mientras salían de debajo de la mesa.
                              A los miembros de la familia les pareció un buen precio. Se marcharon encantados con su nueva adquisición un rato después. Mistress Karen no quiso asomarse a la puerta para ver cómo se alejaban. Se sentía muy cansada.
                            Pensó que la casa se llenaría con los juegos y las risas de las niñas. Pero ninguna de aquellas niñas era su pequeño Ferdinand. Ni tampoco era Alexander. Ni era Sophie. Ellos ya no volverían a estar en aquella casa.
                           Se dejó caer en el sofá. Le ardía la cabeza.



-¿Qué ha pasado?-le preguntó Zayra, entrando en el saloncito-Te he oído hablar con alguien.
-He vendido la casa-respondió mistress Karen-Me has oído hablar con los nuevos compradores.
-Entonces...
-Sólo nos queda terminar de hacer las maletas, arreglar los papeles e irnos de aquí. Parece fácil. ¡No es nada fácil!

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