miércoles, 9 de octubre de 2013

AMOR AMARGO

Hola a todos.
Hoy, subo la cuarta parte de mi relato Amor amargo. 
Estamos ya muy cerca del final, que subiré, si puedo, entre mañana. Me alegro muchísimo que estéis disfrutando de esta historia de amor y de sacrificio. Aunque, como quien dice, no está todo dicho y puede pasar de todo.
Vamos a ver lo que ocurre hoy entre Olga y Rodrigo.

                      Una noche, Olga y Rodrigo consiguieron verse a escondidas en la playa. Rodrigo llegó primero y estuvo esperando a Olga durante un buen rato. Había conseguido enviarle una nota.

                       Te espero en la playa. Por favor, ven. 

                      Olga acudió a la cita con los ojos hinchados por haber pasado días enteros llorando. Sus padres se habían puesto del lado de Sara. Sabían que estaban obrando de un modo egoísta para con Olga. Pero debían de pensar también en el bienestar de Sara. Envuelta en una capa negra, Olga salió por la puerta de la cocina. Sara estaba profundamente dormida. No se daba cuenta de nada. Su padre estaba dormido en el sofá del salón. Y su madre dormitaba junto a la cama de Sara.
                      Cuando llegó a la playa, Olga estaba temblando de manera violenta. En opinión suya, aquel encuentro sería el último que tendría con Rodrigo. El médico sentía asco de sí mismo porque estaba pensando en huir con Olga. Así se lo dijo a la joven y ella le escuchó atónita. Entonces, Olga estalló en lágrimas y Rodrigo deseó no haber sido tan franco con ella.
-¡No puedo dejar a mi hermana!-afirmó Olga.
-Te juro que desearía poder curar a Sara-le aseguró Rodrigo-Pero no está en mis manos.
-¡Inténtalo!
-No puedo.
-Hablas de huir conmigo. Pero no quieres hacer nada por ella.
                      Olga se apartó de Rodrigo. Comenzó a pasear nerviosa por la playa, deseando no escucharle. Rodrigo se acercó a ella y deseó borrar todo lo que había dicho.
-Perdóname-se excusó-Yo...Soy un egoísta. Te necesito. Y he olvidado que tu hermana también te necesita. De haberme pasado lo mismo. Creo que habría hecho lo mismo que tú estás haciendo. Te admiro, Olga.
                  Las lágrimas rodaron por las mejillas de la joven. Rodrigo le hizo darse la vuelta con delicadeza.
-Siempre te amaré-le dijo Olga-Aunque no esté contigo.
-Olga...-susurró Rodrigo.

 

                        Se alejaron de la orilla. La Luna se reflejaba en el agua del mar. Todo estaba sumido en el más completo silencio.
                        Se susurraron palabras de amor aquella noche. Se fundieron en un fuerte abrazo. Y a aquel abrazo le siguió un beso cargado de pasión.
-Nunca dejaré de amarte-le juró Rodrigo a Olga.
-Acabarás olvidándome-se lamentó la joven-Eso pasa. Aunque...
                    Para ellos, aquella noche era su despedida. No volverían a estar nunca más juntos. Tenían el corazón destrozado por el dolor. Nadie se enteraría.
                     La playa estaba desierta y fue en aquel lugar donde Rodrigo y Olga se poseyeron mutuamente sobre la arena. Besos...Caricias...Abrazos...
                     Las caricias que se prodigaron fueron cada vez más íntimas. Rodrigo besó a Olga en la frente. La besó en las mejillas. La besó con arrebato en los labios. La abrazó con fuerza. Le acarició su rubio cabello suelto. Quería conocerla toda. Y ella, llena de amor, se entregó a él. Y no fueron una. Fueron dos las veces que se poseyeron mutuamente a lo largo de aquella noche.
                       Los dos enamorados tuvieron que separarse antes del amanecer. Los padres de Olga podían despertar en cualquier momento. Ella quería regresar a casa lo antes posible. No se arrepentía de nada de lo que había pasado entre Rodrigo y ella y su corazón sangraba al pensar que aquella sería la última vez que estuvieran juntos.
-Olga...-la llamó Rodrigo.
-No digas nada-le pidió la joven-Por favor...
-Nunca dejaré de amarte y nunca dejaré de esperarte en este lugar.
-No vendré. Y lo sabes. No puedo venir. Perdóname.
-Amor mío...

                       El mes siguiente supuso un verdadero calvario para Olga.
                       El vizconde de Suances llegó a la isla.
                        Corrían numerosos rumores acerca de aquel hombre tan rico y poderoso. Decía que estaba buscando una esposa.
                        Olga no quiso salir a saludarle cuando el vizconde fue a visitar a sus padres. Éste, en cambio, mostró cierto interés en conocer a Sara.
                        Olga tenía el corazón roto.
                         Intentaba fingir que estaba bien.
                        Sin embargo, deseaba quedarse a solas en su habitación. Rompía a llorar de pura desesperación. Cuando estaba con sus padres o cuando estaba con Sara, Olga intentaba disimular el dolor que sentía por dentro. De algún modo, su hermana menor sospechaba que Olga no estaba bien. La veía tranquila. Serena...Pero sus ojos...
-Tiene los ojos muertos-pensó Sara-Igual que yo...
                     
                        El vizconde vio a Sara por primera vez en la Ermita un domingo al mediodía.
                        Al acabar la Misa, vio cómo la señora Rodríguez la ayudaba a salir del lugar ayudada por su hija mayor. Decidió que se acercaría a ella. Sara Rodríguez le inspiraba una gran compasión.
                        El vizconde saludó a las tres mujeres.
-Buenos días, señora-dijo-Señoritas...
-Buenos días...-contestó Sara.
-Celebro verla fuera de su casa, señorita Rodríguez.
-No puedo ir a ningún sitio.
                         El vizconde llevaba poco tiempo en la isla. Pero conocía la historia de Sara. Una vida que se había truncado cuando apenas estaba empezando por culpa de un trágico accidente.
-Si lo desea, puede hablar con ella-le propuso la señora Rodríguez al vizconde-No hay ninguna molestia.
-Madre...-se asustó Sara.
                        Hacía mucho que no se quedaba a solas con ningún hombre.
                       Vio cómo su madre y Olga se alejaban de su lado. No se atrevió a mirar al vizconde a la cara. Un extraño pudor se apoderó de ella. No se acordaba ya de lo que sentía cuando algún joven iba a visitarla a su casa para cortejarla. Le parecía una época ya lejana en el tiempo. El vizconde le parecía un hombre agradable.
-Señor...-dijo Sara.
-Tiene muy buen aspecto-la alabó el hombre.
                          Sara agradeció aquel piropo.
                          El vizconde llevaba mucho tiempo dándole vueltas a la idea de tomar una esposa. ¿Y por qué no iba a casarse con Sara?
-Le noto pensativo-observó la chica.
-Tengo demasiadas cosas en la cabeza-admitió el vizconde.
-Me las puede contar, si quiere.
                        El vizconde cogió la mano de Sara y se la besó.
                        Una idea pasó por su cabeza. Podría casarse con ella. Sería un matrimonio de conveniencia. Él podría ayudarla a volver a caminar. Era rico y poderoso. Usaría su dinero para ayudar a Sara. A cambio, ella sería su esposa.
-Me gustaría hablar con usted a solas-le dijo-Pero no puede ser ahora.
                        Quedaron en verse en unos días.

                         A la tarde siguiente, Olga encontró a Sara sentada en un sillón en el salón.
-¿Qué estás haciendo aquí?-le preguntó.
-Me agobiaba dentro de mi habitación-respondió Sara.
                         Estaba mirando la chimenea encendida.
-Te noto preocupada-observó Olga.
                       Sara tenía un libro entre las manos. Apenas había logrado pasar de la segunda hoja.
-El vizconde de Suances parece estar interesado en mí-le confió a su hermana mayor-Puede parecer una tontería.
-No es ninguna tontería-replicó Olga.
-¿Qué clase de hombre se va a interesar en una mujer como yo? No puedo caminar. No sé qué es lo que habrá visto en mí.



-¿Sientes algo por él?
                      Sara negó con la cabeza.
-Es muy amable conmigo-contestó-Pero no le amo.
                       Muchas ideas pasaron por la cabeza de Sara. Entendía que estaba siendo egoísta con Olga. El vizconde era un buen hombre. Y podría ocuparse de ella.
-Me gustaría hablar contigo-dijo Sara.
-No tienes que decirme nada-le aseguró Olga-Todo está bien.
-He sido una egoísta. Perdóname. Lo siento muchísimo. Sólo he pensado en mí. Y no he sido justa contigo.
                     Sara sentía un nudo en el estómago.

martes, 8 de octubre de 2013

AMOR AMARGO

Hola a todos.
Aquí os traigo la tercera parte de mi relato Amor amargo. 
¿Qué va a pasar entre Olga y el doctor Quesada? ¡Vamos a descubrirlo!

                         Pasó otro mes.
                         El doctor Quesada averiguó más cosas acerca de Olga Rodríguez. Ya se había percatado de su gran belleza y de su inteligencia. Los vecinos de la isla hablaban maravillas de ella, como que era una joven modesta y sencilla. De su institutriz había recibido una educación esmerada tanto ella como su hermana Sara. Los Rodríguez eran una de las pocas familias adineradas que vivían en la isla. Olga había decidido que cuidaría siempre de Sara. Sentía que no podía dejar a su hermana sola cuando ella más le necesitaba.
                      El carácter de Sara había cambiado a consecuencia de su accidente. Si antes había sido una joven alegre y despreocupada, después del accidente, el carácter de Sara se había ido agriando poco a poco. Siempre le estaba gritando a todo el mundo. Después de su paseo en silla de ruedas por la isla, Sara se había negado a salir de su habitación. Decía que quería quedarse allí encerrada durante el resto de su vida para no ver a nadie.
-No quiero que nadie me tenga lástima-afirmó-¡Y la gente me mira con lástima!
-Nadie te mira, Sara-le dijo Olga-Es cierto.
                      El doctor Quesada admiraba a Olga.
                      La joven cuidaba con devoción de su hermana. Aguantaba sus gritos sin quejarse.
                      Sara solía terminar llorando después de haber estado chillando durante mucho rato. Tenía la sensación de que todo el mundo se alegraba de lo que había ocurrido. De su desgracia...Sara se culpaba así misma del accidente que la había dejado inválida y sentía una inmensa rabia hacia sí misma y hacia todo el mundo.
                       Sin embargo, ocurrió algo en aquellos días.
                       La relación entre Olga y Rodrigo empezó a adquirir otro matiz.
                       Él visitaba a Sara.
                       Pero era con Olga con quien hablaba.
                       Pasaban mucho rato hablando en el salón. Olga, al principio, le preguntaba por cómo encontraba a Sara.
                      Poco a poco, aquellas conversaciones fueron variando hacia otros temas. El doctor Quesada pertenecía a la rama pobre de una de las familias más ricas de Pontevedra.
                      Pero él no tenía dinero. Vivía de su trabajo. Y le gustaba.
-Pero no me gusta cuando siento que no puedo hacer nada por ayudar a uno de mis pacientes-le confesó en una ocasión a Olga.
-Yo creo que está haciéndolo muy bien-le aseguró la joven-Se nota que es un buen médico.
-Se equivoca. No soy un buen médico. No he podido ayudar a su hermana. Sara está furiosa con el mundo. No es justa. Pero no la culpo.
-Tiene que asumir lo que ha pasado. Y, para eso, hay que darle tiempo, doctor.
-Llámeme Rodrigo, por favor.

                       Olga y Rodrigo empezaron a verse a escondidas.
                       Se veían en el viejo castro que había en la isla. Aquellos encuentros solían tener lugar al atardecer, cuando los vecinos estaban ocupados en sus casas cenando. Olga ponía algún pretexto en su casa y corría hasta la zona más elevada de la isla, donde se encontraba el viejo castro, para encontrarse con Rodrigo. Paseaban por aquel lugar. O permanecían sentados hablando.



                        Rodrigo nunca le falló. Siempre la estaba esperando. Y la recibía con una sonrisa en los labios. Pero su corazón se rompía al entender que Olga nunca le hablaba a su familia de aquellos encuentros clandestinos entre ellos.
-Mis padres piensan que he de cuidar de Sara-le confesó.
                      Olga escondía los sencillos regalos que Rodrigo le hacía en ocasiones porque no quería levantar ninguna clase de sospechas.
-Me odio a mí misma por ser tan egoísta-le confió en una ocasión al joven.
                     Rodrigo le regalaba ramilletes de flores silvestres. Le escribía versos que él mismo inventaba. Deseaba haber sido poeta para poder componer mejores versos.
-No te hacen justicia-se lamentaba.
                      Olga se sentía nerviosa cada vez que salía de su casa para ir al viejo castro a encontrarse con Rodrigo. Hablaban de los ataques que había sufrido la isla a manos del pirata inglés Francis Drake.
-¡Y le nombraron sir por ello!-se escandalizó Rodrigo.
                     Hablaban de los vecinos, quienes no tardarían mucho en recoger la cosecha.
                     Rodrigo era un hombre serio y recto. Pero, al lado de Olga, dejaba florecer su lado más alegre y más risueño. Había admirado sinceramente a aquella joven, pero sus sentimientos hacia ella estaban mutando en algo más profundo.
                    En una ocasión, no se vieron en el castro viejo. Se encontraron en el bosque de eucaliptos. Rodrigo había preparado un picnic en un claro del bosque. Olga fue a la cita muy nerviosa. ¿Y si alguien la veía? Por lo menos, Sara estaba tranquila aquella tarde.
                   Dieron cuenta de unas sabrosas empanadillas que había preparado la criada del doctor Quesada. Mientras merendaban, estuvieron hablando.
-Me escribe versos-dijo Olga.
-Merece que le escriban versos-le aseguró el doctor Quesada.
-Nadie...
-¿Qué me quiere decir con eso? ¿Nadie le ha escrito nunca un verso?
-Nunca...
-Es muy raro.
-¿Por qué lo dice?
-Porque es hermosa, Olga. Es usted encantadora. Y se lo digo con total sinceridad.



                        Las mejillas de Olga se encendieron al escuchar aquellos halagos. Entonces, Rodrigo le cogió la mano y se la besó.
                       De algún modo, aquel hombre despertaba en Olga sentimientos que ella creía que no tenía y le hacía crecer en su interior un anhelo por completo desconocido. Algo que no se atrevía a compartir con nadie.

                         Cuando se vieron a los pocos días en el viejo castro, Olga y Rodrigo permanecieron un largo rato cogidos de la mano.
-Es diferente, Olga-le dijo Rodrigo-Y eso es lo que más me gusta de usted. No es como las demás.
-Habrá conocido a muchas mujeres-sonrió la joven.
-No...No es eso.
                     Olga despertaba en el doctor Quesada unos sentimientos que nunca antes había experimentado hacia ninguna mujer.
-Quiero que me regale un mechón de su cabello-le pidió la siguiente vez que se vieron.
                     Traía consigo unas tijeras y Olga accedió. Rodrigo le cortó un mechón de pelo. Después, le dio un beso en la mejilla. Se juró así mismo que guardaría para siempre aquel mechón de pelo rubio.
-Gracias...-le dijo-Gracias...
                    Y la siguiente vez que se vieron, los labios de Rodrigo rozaron suavemente los labios de Olga. Las siguientes veces que se encontraron, los besos que se dieron se fueron tornando más apasionados. Se declararon el amor que había empezado a nacer entre ellos semanas antes. Se hicieron numerosas promesas.
                     Pero aquel amor estaba condenado a no poder materializarse. Olga se sinceró con Sara. Le contó que estaba enamorada de su médico.
-¡No puedes casarte con él!-le espetó Sara.
                    La joven sufrió un ataque de histeria. Acusaba a Olga de haber faltado a su promesa.
-¡Me juraste que siempre estarías conmigo!-la acusó.
-Hermana, no tengo la culpa de haberme enamorado-admitió Olga-Pensé que te alegrarías por mí.
                  Sara no se alegraba por ella. Olga se odió así misma. Había antepuesto su felicidad al bienestar de su hermana. No volvería a pasar.
                  El matrimonio Rodríguez le dio la razón a su hija menor. Aún así, en su fuero interno, pensaban que Sara estaba siendo injusta. Olga tenía derecho a ser feliz. Pero ellos no vivirían eternamente. Entonces... ¿Quién se ocuparía de Sara? Estaría sola.
                  No tuvieron que hablar del tema con Olga.
                 La joven había tomado una dolorosa decisión.
                  Rompería su romance con el doctor Quesada. Si era necesario, sus padres buscarían otro médico para Sara. Nunca más volvería a pensar en sí misma. Así se lo dijo a Sara.

lunes, 7 de octubre de 2013

AMOR AMARGO

Hola a todos.
Aquí os traigo la segunda parte de Amor amargo. 
Se trata de una historia más bien cortita que me gustaría ir subiendo esta semana, si puedo.
Me alegro muchísimo de que os esté gustando.
Esta parte es la que he escrito. Entramos de lleno en materia.

                            Horas después, un vecino golpeó con fuerza la casa de los Rodríguez. Olga y sus padres salieron al recibidor. A Olga se le paralizó el corazón al ver que el vecino cargaba entre sus brazos el cuerpo inerte de una joven.
-¡Es Sara!-chilló.
                           Estuvo a punto de desmayarse al verla. Por lo que el vecino les contó, el caballo en el que iba montada Sara se encabritó. Su hermana no pudo dominarlo. Acabó volando por los aires y cayó al suelo. La sangre corría a borbotones por su cara.
                    No la dejaron entrar en la habitación de Sara. Un criado salió corriendo a buscar al médico.
-¿Qué ha pasado, señorita?-le preguntó una criada-¿Qué le ha ocurrido a la señorita Sara?
-No lo sé-respondió Olga.
                     El corazón de Olga latía de un modo desbocado.
                     Había visto a su hermana. Se le había caído el alma a los pies al verla.

 

                      No, pensó.
                      Sara no podía morir. Sara era joven. Estaba llena de vida. ¡Aquel ser sin vida que había traído el vecino no podía ser su hermana Sara! Olga rompió a llorar.

-Tienes que comer-le dijo Olga a Sara-¿No ves que si no comes no te pondrás bien?
-No tengo hambre-contestó la joven.
-No has probado bocado desde hace días.
-¿Sirve acaso de algo que coma?
                      Sara miró con asco el cuenco de sopa que sujetaba Olga con las manos.
-Servirá para que cojas fuerzas.
                      Había pasado un mes desde que Sara sufrió aquel fatídico accidente. Había sido el peor mes en la vida de la familia Rodríguez. Pero lo que vendría después sería aún peor. Sara luchaba por no echarse a llorar. Y Olga luchaba por ser fuerte. Pero no podía.
                    Durante tres días, Sara no reaccionó. Permaneció inconsciente.
                    Luego, tuvo fiebre. Pasó una semana con una fiebre muy alta. El doctor Quesada la bañó en agua fría. Le administró toda clase de líquidos. Lo hacía para bajarle la fiebre sin necesidad de recurrir a la sangría. Decía que una sangría podía matar a Sara. La joven se encontraba muy débil.
                    Luego, abrió los ojos. Intentó sentarse en la cama. No pudo hacerlo. No sentía nada de cintura para abajo. Presa de un ataque de pánico, Sara empezó a chillar como una loca. No podía mover sus piernas. No las sentía. Sus padres y su hermana rodearon su cama.
-Cálmate, hijita-le pidió su madre-Tienes que estar tranquila.
-¡No puedo moverme!-sollozó Sara-No siento nada. ¿Qué me ha pasado?
                   Un criado fue en busca del médico. Éste había acudido hasta cuatro veces al día a ver a Sara. Ya había sido muy claro con los padres de la chica. Podían haberle quedado secuelas a consecuencia del accidente. Rara vez fallaba.
                   El médico llegó enseguida con el criado. Olga fue expulsada de la habitación de su hermana.
-Será mejor que te quedes en el pasillo-le indicó su padre-Nosotros ya te contaremos.
-Pero...-balbuceó Olga.
                   Se vio en el pasillo. No tuvo tiempo ni de protestar. El médico la miró con pena. Veía que estaba muy unida a su hermana.
-Sara...-balbuceó Olga.
-No te preocupes-le dijo su madre-Sara se pondrá bien.
                       El médico, el doctor Quesada, miró a su paciente. La sangre había sido lavada un poco y su cabello rojo se extendía sobre la almohada. Su barbilla tenía una singular forma puntiaguda. Sus enormes ojos estaban cerrados. Sus facciones eran perfectas. Su cuello era largo, igual que el cuello de un cisne. Era una joven muy atractiva.
-El hombre que la encontró dijo que el caballo la había tirado-le explicó la señora Rodríguez-Mi hija es una excelente amazona. Pero le gusta ir al galope. Saltar troncos tirados en el suelo.
                       Olga supo que su madre se equivocaba cuando le dijo que Sara se pondría bien. Era una sospecha. Se paseó de un lado a otro del pasillo con nerviosismo. Se encomendó a la Virgen de Gracia. Había una Ermita en la isla consagrada a ella.
                    Los domingos, la familia Rodríguez iba a la Misa que se celebraba allí. Sara no paraba quieta durante la Misa. No veía la hora de salir de la Ermita.
                    Le hablaba a Olga.
-No soporto esto-le decía-Parezco una viuda.
                    Las dos hermanas y su madre solían ir a la Ermita vestidas de negro.
                    Se cubrían sus cabezas con un velo.
                    En la Ermita, habían coincidido con el doctor Quesada. Éste se sentaba en el banco de al lado.
                    Se había fijado en las hermanas Rodríguez.
                    Le parecían dos jovencitas muy interesantes. Pero era Olga quien más llamaba su atención.
                    La veía como ausente de todo. Sujetaba con fuerza su rosario. Leía las oraciones de su misal. Pero no parecía humana. La veía vestida con su vestido negro.
                     Tenía la sensación de estar viendo a un fantasma.
                    La angustia se apoderó de Olga. ¿Por qué Sara no puede sentir nada de cintura para abajo?, se preguntó. Luchó por no echarse a llorar. Era lo que menos le convenía a su hermana. Debía de ser fuerte por ella. Sara la necesitaba. Todo irá bien, pensó. Antes o después, vería a su hermana trepando a los árboles del jardín. Antes o después, Sara volvería a salir corriendo a la calle. Como hacía siempre.
                    Escuchó al médico hablar con sus padres. Por lo visto, cuando el caballo tiró a Sara al suelo, no sólo se golpeó en la cabeza. También se golpeó en la columna vertebral. El corazón de Olga se encogió al escuchar las palabras del médico. Sara no volvería a caminar. Su hermana sufrió un fuerte ataque de nervios. Costó mucho trabajo tranquilizarla.
-¡Me quiero morir!-sollozó Sara-¡No quiero seguir viviendo!
                      Los días que siguieron fueron una pesadilla. Sara no terminaba de asimilar lo que le había pasado.
-¡No tienes ni idea de lo que estoy pasando!-le espetaba a Olga-¡No puedo moverme! ¡No soy capaz de levantarme de esta maldita cama!
                       No quería comer. Se pasaba todo el día llorando. Ni sus padres ni Olga eran capaces de consolarla. Se sentían impotentes. El señor Rodríguez consiguió una silla de ruedas. De aquel modo, Sara podría salir de la habitación. Olga y ella podrían dar paseos por la isla.
-¡Los vecinos me mirarán con lástima!-se escandalizó Sara cuando su padre le mostró la silla de ruedas.
                         Aún así, su padre la ayudó a sentarse en la silla de ruedas. Al verse sentada, Sara rompió a llorar.
-¡No quiero que nadie me vea!-exclamó-¡Quiero estar sola!

                        Poco a poco, Sara fue aceptando salir al jardín a pasear en silla de ruedas.
-Te conviene tomar el fresco-le decía Olga.
                       Aquella tarde, las dos hermanas se encontraban en el jardín paseando. Sara sentía cómo las lágrimas corrían abundamentemente por sus mejillas.
-Ya no podré salir nunca más de aquí-se lamentó la joven.
                    Sus pretendientes, aquellos mismos que iban a visitarla y le dedicaban poemas de amor, se habían esfumado. Aquellos galanes que besaban sus manos no se habían interesado por ella en ningún momento.
-¿Por qué no me he muerto?-le preguntó a Olga-¿Por qué sigo viva?
-Ha sido la Voluntad de Dios que sigas viviendo-respondió su hermana-No pienses lo contrario. La Virgen de Gracia te ha concedido una segunda oportunidad.
-Pues Dios y la Virgen de Gracia debieron de haber hecho un milagro conmigo. Debí de haber muerto en aquel accidente.
                     Olga decidió sacar a su hermana del jardín. Los ojos de Sara se volvieron a llenar de lágrimas.
                      Recordaba los paseos que daba a lomos de su caballo por el bosque de eucaliptos de la isla.
-Entonces, yo era feliz-le aseguró a Olga.
                          Era un domingo por la tarde. Los vecinos permanecían en sus casas. Hacía bastante frío. Además de llevar la capa encima de los hombros, una manta tapaba las piernas de Sara.



-No me gusta ir en esta silla de ruedas-se sinceró la joven-¡Quiero levantarme! ¡Quiero correr hasta la playa! ¡Es lo que hacía antes!
                    Olga respiró hondo. Le dolía ver a Sara en aquel estado. Le dolía verla incapaz de levantarse de aquella silla de ruedas. Quería verla de nuevo en pie. Corriendo, como hacía antes.
-Nunca me casaré y tú tampoco te casarás-prosiguió Sara-Nuestros padres no vivirán eternamente. Y, por mucho que me duela, tengo que depender de ti. Cuidarás de mí.
-Siempre cuidaré de ti-le aseguró Olga.
-Te lo agradezco.
                      Sara se sintió mejor. Olga nunca la abandonaría. Permanecería siempre a su lado. De aquel modo, su invalidez sería más llevadera.

                       El doctor Rodrigo Quesada era el único médico que había en la isla.
                       El caso de Sara Rodríguez le preocupaba mucho.
                       Iba a visitarla dos veces al día. Cada vez que la veía, salía de la habitación con el corazón desgarrado. Sara siempre estaba de mal humor. Le contestaba mal y su presencia en su cuarto la enfurecía.
-Viene a burlarse de mi desgracia-le espetaba nada más verle-¿No es cierto?
                     El doctor Quesada, en vano, intentaba explicarle que sólo quería ayudarla. Pero Sara no parecía estar dispuesta a dejarse ayudar.
-¡Soy una inútil!-se lamentaba-¡Jamás volveré a caminar! ¿Por qué viene a verme?
                      En una de aquellas visitas, el doctor Quesada encontró a la hermana mayor de su paciente, a Olga, sentada en el último escalón de la escalera. Veía una profunda pena y una gran resignación reflejadas en aquellos ojos.
-Dígame si mi hermana se pondrá bien algún día, doctor-le pidió Olga.
                    El doctor Quesada se sentó a su lado en el último escalón.
-Las lesiones que tiene su hermana son muy graves, señorita Rodríguez-le explicó.
                 


-Le ruego que disculpe a mi hermana, doctor-dijo Olga-Ninguna de las dos quiere admitir la gravedad de sus lesiones. Mis padres...Ellos también piensan que Sara volverá a caminar. Y yo quiero ser optimista. Pero...
-¿Es usted creyente, señorita Rodríguez?
-Soy creyente. Y también soy devota de la Virgen de Gracia.
-Entonces, rece mucho. Su hermana lo necesita.
                      El doctor Quesada admiraba a Olga. Su apariencia era muy frágil. Había algo en aquella muchacha que llamaba poderosamente su atención. El doctor Quesada tenía treinta años. Su vida era su profesión. No se le conocían amoríos. Había tenido unos pocos romances a lo largo de su vida. Romances que creyó que acabarían en boda. Pero la boda nunca llegó.
                    Olga llevaba su rubio cabello recogido en un moño de estilo clásico. Hasta la isla de Tambo habían llegado las nuevas modas. El cabello de Olga era de color rubio muy claro.
                      Las facciones de la joven eran perfectas. Adorables...
                      Su rostro tenía forma de un óvalo perfecto. Su frente estaba despejada. Y sus ojos eran grandes y de color azul cielo.
                       Era una joven preciosa. Pero el doctor Quesada veía algo más allá de su belleza física. Veía que Olga era mucho más fuerte de lo que aparentaba.
-Doctor Quesada...-dijo Olga-Le agradezco sinceramente todo lo que está haciendo por mi hermana. Y le aseguro que Sara también se lo agradece. Le ruego que le dé tiempo.
-Su hermana está viviendo un auténtico Infierno-admitió el doctor Quesada-Con su ayuda y la ayuda de sus padres, saldrá adelante. Yo puedo aportar mis conocimientos científicos para intentar ayudarla. Pero me temo que no puedo hacer mucho más por ella. Me siento impotente.
-Es usted un buen médico, doctor.
                          Rodrigo no supo el porqué obró así. Cogió la mano de Olga y se la besó con devoción.
-Se lo agradezco-le dijo.
                          Olga le dedicó una sonrisa tímida. Era la primera vez que el doctor Quesada la veía sonreír. Y le pareció que su sonrisa era cautivadora.

domingo, 6 de octubre de 2013

AMOR AMARGO

Hola a todos.
¿Os acordáis de esta historia?
Hace unos meses, antes de que empezara a subir Berkley Manor, empecé a subir una historia a este blog. Los personajes no tenían nombre y tampoco tenía título.
Se trataba de una idea que no sabía cómo plasmar.
Sin embargo, en los últimos días, he podido darle forma y terminarla. Se trata de un cuento bastante breve.
A lo mejor, os suena lo que voy a subir. Se titula Amor amargo. 
Iré subiendo el resto cuando pueda en los próximos días. Espero que os guste. Iré subiendo pedazo por pedazo poco a poco.

ISLA DE TAMBO, EN LA RÍA DE PONTEVEDRA, 1798

                      Olga Rodríguez permanecía asomada a la ventana de su habitación. El fuerte viento azotaba las ramas de los árboles. Hacía frío en la calle. Se estaba a gusto metida dentro de casa. Olga pasaba muchos días metida dentro de casa. Había fuerte marejada. No veía ninguna barca faenando en la distancia.
Poco a poco, nubes negras iban cubriendo el cielo. El día había amanecido claro y soleado. Sin embargo, a partir del mediodía, el cielo empezó a llenarse de nubes negras que amenazaban con descargar la lluvia. Eran casi las tres de la tarde, pero bien podían ser las tres de la madrugada. No se veía a nadie en la calle.
El caserón en el que vivía Olga era enorme. De color blanco...Muy majestuoso...Las gotas de lluvia empezaron a caer lentamente. Llevaba el cabello recogido en un moño bastante apretado. Lucía un vestido de color blanco que indicaba su condición de debutante en sociedad. Su madre le había dicho que su padre había pensado en llamar a un pintor. Le haría su retrato. En la habitación de al lado, oía a su hermana menor pasearse nerviosa de un lado a otro. Detestaba los días de lluvia y de frío. No podía salir a la calle. Olga pensó en su hermana menor, Sara. Era el polo opuesto a ella. No debía de sentir envidia de ella, pensó Olga. Eran distintas. Nada más…
La joven suspiró al pensar en su hermana. Se llevaban apenas dos años. Se decían que eran tan diferentes como la noche y el día.
A su hermana Sara no le gustaba estar todo el día encerrada en casa. Necesitaba salir a la calle y corretear por el jardín, igual que hacía en su niñez. Le gustaba subirse a los árboles. Su institutriz tenía que frenarla porque decía que no paraba de saltar. A veces, se escapaba a la playa que estaba cerca de su casa. Estaba segura de que su hermana nadaba. Se quedaba vestida tan sólo con la camisola. Y se lanzaba al agua. Sara llevaba de cabeza a su institutriz. Era un auténtico torbellino. Y también era muy romántica.
Olga se llevó la mano al moño. Siempre había sido la hija perfecta que obedecía a sus padres en todo. Se dijo que no tenía de qué quejarse. Procuraba no meterse en líos. Pero, en su fuero interno, Olga sabía lo que Sara pensaba de ella. Se lo oyó decir a una amiga no hacía mucho. Sara la definió como aburrida. Aquel comentario le hizo daño. Pero Olga prefería ser aburrida a terminar con la reputación arruinada. Como le podía pasar a Sara.
No había tenido nunca un motivo para rebelarse. Siempre les había complacido en todo.
¿Por qué su hermana no podía ser como era ella? Se ahogaba en aquella casa que le resultaba tan grande, con unos inmensos pasillos.
El brasero inundó de calor la habitación. Ya no sentía frío. Ella estaba sentada ante el escritorio. Estaba escribiendo en su diario.
Desde que dejó de dar clases con la institutriz, su vida se había vuelto monótona y aburrida. Aún más de lo que ya era de por sí.



Era una joven esbelta. Sabía que estaba bien proporcionada, físicamente hablando. Era bajita. De facciones adorables...Con la carita redonda y muy bonita...Su cuello era largo y delicado, como el cuello de un cisne. Su cabello era de color rubio muy claro. Pero sabía que tenía una mirada vacía en sus ojos, ya que no terminaba de encontrarle un sentido a la vida que llevaba.
              Su hermana Sara hablaba de lo que sentiría si recibía un beso de amor. Estaba segura de que su hermana viviría un apasionado romance. En cambio...Ella no sabría nunca lo que era recibir un beso de amor. Se casaría con el hombre que su padre le buscara. De nada le serviría quejarse. Olga se resignaría a aquella vida. No tendría derecho a soñar. No tendría derecho a ser feliz.
                 Confórmate con lo que tienes, se dijo así misma. Y siguió escribiendo con gesto cansado en su diario.
                   Su hermana Sara era pelirroja. Ante los ojos de los jóvenes que habían empezado a galantearla, carecía por completo de defectos. No podía sentir envidia de ella. Estaba segura de que había nacido para llevar una vida cargada de emociones. En cambio, se conformaría ella con muy poco. Deseaba amar, a pesar de que sabía que las historias de amor no estaban hechas para las muchachas como ella. Lánguidas y delicadas, más parecidas a los ángeles que a las mujeres de carne y hueso. Aún así, no quería sentir celos de su hermana. Se puso de pie. Se dirigió a la habitación de su hermana.
Estaba sentada en la cama, con un pie encima del colchón, leyendo un libro. Una de esas novelas que hablaban de romance, de aventuras y de sentimientos que tanto le gustaban.
         Sara estaba inquieta. Olga lo percibió. No le gustó nada verla nerviosa. Hacía un gesto con la mano golpeando el libro que estaba leyendo.
Su hermana llevaba suelto su cabello rojo. Se resistía a llevarlo recogido en un moño o en una trenza. Le gustaba sentir el viento azotando su pelo. Parecía estar hecha para vivir al aire libre. Como las ninfas...
Su cabello era lacio, pero acababa en pequeños rizos al llegar a las puntas. Sus ojos eran idénticos a los suyos. De color azul muy claro...
No tenía pecas salpicando su cara. En cambio, Olga sí tenía algunas pecas en la nariz.
Por lo menos, ya no tenía granos. Sara, en cambio, no sabía lo que era tener granos.
Su hermana hablaba de recibir un beso de amor. Quería saber lo que se sentía al ser besada. Varios jóvenes habían intentado besarla. Pero sólo habían conseguido llevarse un buen bofetón por su parte.
-No te había visto entrar-dijo Sara-Deberías de hacer más ruido. Podría confundirte con un fantasma cualquier día de éstos. ¿Qué quieres? Me gustaría salir a dar un paseo.
Alzó la vista y la vio de pie, en el umbral de la puerta. Le sonrió.
-No quería interrumpirte mientras leías-aseguró Olga-Y no deberías de salir a dar un paseo. Hace una tarde muy mala.
-¡No seas tonta!-se rió su hermana-Pasa. Siempre eres bienvenida a mi Santuario. Siéntate conmigo. A mi lado...
Entró en la habitación. Se sentó a su lado en la cama.
-¿Qué estás leyendo?-le preguntó.
-Es una historia muy romántica-respondió Sara-A ti no te gusta leer esta clase de historias. ¡Pero son preciosas!
-Cuéntame de qué va.
-Hay una hermosa dama que va a casarse sin amor con un hombre perverso. Y aparece él. El héroe...La rescata de sus garras. Hay muchas aventuras.
-¿Es un pirata?
-Es un pirata bueno. Hay mucha diferencia entre los piratas buenos y los piratas malos.
-Se te ve entusiasmada con la historia.
-¡Es que es muy bonita! Es emocionante. Hay naufragios. Mil y un peligros...Mucha gente malvada...
-Me lo imagino.
-¡No, no te lo imaginas! ¿Te ves a ti misma surcando los Siete Mares?
Sara se puso de pie en la cama. Su vestido de color blanco no disimulaba su esbelta figura. Sus labios eran rojos y carnosos. Tenía la piel clara. Se sentó de golpe en la cama.
Saltó de la cama. Era ágil y flexible. Se comportaba de un modo un tanto alocado e impulsivo. Sara quería vivir la vida. Disfrutaba haciendo locuras. Montaba a caballo como la mejor de las amazonas. Saltaba toda clase de obstáculos. Sara tenía sus sueños. Quería viajar a Santiago de Compostela. Quería disfrutar de su puesta de largo. Y quería viajar también a Madrid. Su mayor deseo era conocer a los Reyes y disfrutar de las maravillas que la capital tenía reservadas para ella. Olga, en cambio, jamás había pensado en viajar a Madrid. 


En cambio, ella tenía los labios de trazado delicado y sonrosados. Pasaba desapercibida al lado de su hermana menor. Se dijo que no debía sentir envidia de ella. Tendría mucha suerte en la vida.
-Voy a ponerme mi traje de montar-le anunció a Olga-Busca a nuestra doncella. Dile que venga a ayudarme. ¡Me agobio!
-No salgas, Sara-le pidió Olga-Te podría pasar cualquier cosa.
-¡Bah!
-Sara…
         Su hermana no le hizo caso. Salió de la habitación para ir a buscar a su doncella. 
-Te preocupas por nada, hermana-le dijo en el pasillo-He salido otras veces. Y nunca me ha pasado nada.
-Pero podría pasarte-insistió Olga.
                Salió detrás de Sara.
               Su hermana fue a la cocina. Su doncella siempre estaba allí. Era muy buena amiga de la cocinera. No tardó en subir llevando a la doncella prácticamente a rastras. Olga intentó una vez más disuadirla.
-Voy a ponerme mi traje de montar-le anunció Sara-Me apetece montar a caballo.
-¿Te has vuelto loca?-se escandalizó Olga.
-La vida hay que vivirla. ¡No debes de ser tan aburrida, hermana!
                    Sara se rió con ganas. Metió a la doncella dentro de su habitación y cerró la puerta. Olga contempló la puerta con impotencia. Tenía un extraño presentimiento. No sabía de qué se trataba. Pero tenía que ver con Sara.
                    Su hermana salió de la habitación vestida con su traje de montar. Le dedicó una sonrisa radiante a Olga.
-Volveré antes de la hora de la cena-le prometió.
                   Bajó saltando la escalera. Siempre bajaba la escalera saltando. Sara estaba llena de vida. Olga la envidió por ser así. Y deseó ser como era ella.  

viernes, 4 de octubre de 2013

UN GIFT DE ELEANOR DERRICK

Hola a todos.
¿Os acordáis de Eleanor Derrick, la mejor amiga de Melanie Livingston, la protagonista de Berkley Manor? Pues os traigo un gift de ella.
De acuerdo, no se trata de un gift de Eleanor Derrick propiamente dicho. Pero es así cómo me imagino a Eleanor. Con el rostro de la actriz Keira Knightley (¡me encanta esta actriz y todos sus registros!) en La duquesa. 
Es una película muy buena que refleja muy bien cómo era la aristocracia de aquel tiempo. Georgiana Devonshire se rebela contra esta situación. Aún a costa de terminar pagando un precio demasiado alto. Es una peli altamente recomendable.
Bueno, aquí os dejo con el gift de Eleanor.



Orgullo...Duda...Dolor...Rebeldía...¿Creéis que Keira podría ser una perfecta Eleanor?

jueves, 3 de octubre de 2013

DARTMOOR HALL

Hola a todos.
¿Creíais que me había olvidado de Dartmoor Hall? ¡Pues no!
Empiezo a meterme de lleno en esta historia.
Seguimos centrados en los personajes femeninos principales: Melanie y Alexandra.

                          Melanie se encontraba en el aula haciendo un examen de Literatura.
                          Ya faltaba pocos días para que acabaran las clases.
                          Echaría de menos la rutina de ir a la Escuela. Leyó la pregunta que tenía delante de sus narices. Había estudiado mucho en los días previos al examen.
                           Lo último que quería era ponerse nerviosa. La pregunta consistía en hacer un análisis acerca de Frankenstein, de Mary Shelley. Melanie había leído aquella novela. Le había impresionado ver cómo un científico decidía crear vida a partir de cadáveres. ¿Quién es el verdadero monstruo de esta novela?, se preguntó Melanie. ¿Victor Frankenstein? ¿Su creación? ¿La sociedad en general?
                         Empezó a escribir. No sabía el tiempo que le quedaba para hacer el examen. Quería pasar un verano tranquilo. Sin tener que preocuparse por estudiar. Un verano libre...Para poder relajarse. Nada más...

                          Un rato después, Melanie salió del aula acompañada por varias de sus amigas. Hablaban entre ellas del examen que habían hecho.
-¡Seguro que lo has aprobado!-le apostilló una de las chicas a Melanie.
                     


                              La chica se encogió de hombros.
-Yo creo que lo he hecho bien-dijo.
-¡Siempre sacas las notas más altas!-afirmó otra de sus amigas-¡Seguro que vas a sacar un 8! ¡O un 9!
                             Melanie y sus amigas salieron al jardín. Era su lugar favorito. Veía los árboles más frondosos. Se notaba la llegada del verano.

                            Mientras tanto, en el convento de las Hijas de la Caridad, de Nevers, Alexandra miraba perpleja a la Madre Superiora.
-¡No puede hacerme esto!-exclamó nerviosa.
-Mi principal deber es poneros a salvo-afirmó la Madre Superiora.
-Yo no me quiero ir de aquí, Reverenda Madre.
-Tu vida corre peligro. Y la vida de tus compañeras...No quiero que vuestras muertes pesen sobre mi conciencia.
                        Alexandra estaba reunida junto con otras compañeras en el despacho de la Madre Superiora. Era cierto que varias monjas habían enfermado a lo largo de las últimas semanas. Algunas de ellas, por desgracia, habían muerto. Se había declarado una epidemia de cólera en el convento. La Madre Superiora había pensado en enviar a las monjas, postulantes y novicias que estuvieran sanas de vuelta a sus casas.
-¡Yo no tengo familia!-sollozó una novicia-¡No sé adónde ir! ¡Me deshonrarán!
-No me da miedo quedarme-afirmó Alexandra-Sé cuidar enfermos. Podría ser de gran utilidad.
                    La Madre Superiora movió la cabeza en señal de negación. No quería poner en peligro las vidas de las integrantes de la congregación.
                    Lamentaba sinceramente el haber tenido que tomar aquella decisión.
-Rezaré para que la epidemia dure lo menos posible-dijo-Le pediré a Dios que tenga piedad de nosotras. Le pediré a Dios que os ilumine. Pronto, si queréis, estaréis de vuelta. Pensad en esto como en una prueba que os ha puesto Dios. Quiere probar vuestra vocación.
                     Alexandra no lo entendía.



                            Quería quedarse en el convento. Estaba segura de que su vocación religiosa era auténtica. No le esperaba nada más allá de los muros de aquel lugar. Ni siquiera la esperaba su familia. Estaba convencida de que todos habían seguido con sus vidas sin pensar en ella.

                           Mientras paseaba con Sophie Ryder por el bosque de pinos, Tyler Douglas, hijo mayor y heredero de los barones de Dartmoor, le soltó toda la perorata que había estado ensayando en los días previos.
                          No tardó mucho tiempo en arrepentirse de todo cuanto había dicho cuando vio cómo los ojos de aquella pelirroja se encendían y le miraban con rabia, ya que había echado por tierra todas sus ilusiones.
-¡Has estado jugando conmigo!-le escupió Sophie-¡Me has engañado!
                        Le dio un fuerte bofetón.
-Jamás he querido engañarte-le aseguró Tyler-Nunca he querido hacerte daño.
                       Sophie estaba furiosa. Era miembro de una de las familias más importantes de Inglaterra. Pero, por culpa de la mala cabeza de su padre, se veía obligada a vivir en aquella apartada isla. Aún así, había tenido la enorme suerte de encontrar un buen partido, como lo era Tyler.
-Creía que ibas a pedirme matrimonio-prosiguió-¡Maldito seas! ¡Me has mentido!
                       Tyler se arrepintió de haber empezado a coquetear con aquella joven.
                       Nunca antes había pensado en sentar la cabeza. Había pensado en casarse con Melanie. Sin embargo, ella le había dejado las cosas claras.
-Sophie, no lo entiendes-se justificó Tyler.
                       Se dijo así mismo que, por suerte, no había pasado nada entre él y Sophie. Pero ella no lo veía del mismo modo.
                        Estaba realmente furiosa. Tyler se había enfrentado antes a amantes despechadas. Pero Sophie le recordaba a un Demonio. La veía capaz de hacer cualquier cosa. Incluso, la veía capaz de decir que la había deshonrado. Se habían limitado a besarse. O eso era lo que pensaban todos. Lo cierto era que habían hecho mucho más que eso.
                        Sophie había estado entre los brazos de Tyler.
                        Era cierto que no había sido el primero con el que se había acostado, ya que Sophie pensaba que una mujer podía hacer las mismas cosas que hacía un hombre si las hacía con discreción.
                          Pero Tyler...¡El muy maldito! Sophie trató de no pensar en eso. La enfurecía.
-Mereces encontrar a alguien mejor que yo-le dijo a Sophie-Eres una mujer extraordinaria.
-¿Y dónde voy a encontrar a alguien mejor que yo en este lugar perdido?-le espetó la joven-¡No hay nada que valga la pena aquí! ¡Y me rechazas!
                     Se alejó a toda prisa de Tyler dando furiosas zancadas.                                

miércoles, 2 de octubre de 2013

PERSONAJES DE "NOCHE DE BODAS EN MARSHALL ABBEY"

Hola a todos.
Tras el final de mi relato Noche de bodas en Marshall Abbey, hoy me gustaría compartir con vosotros fotos de cómo imagino yo a los personajes de este relato.
La historia tiene una trama principal, que es el paso de la amistad al romance entre Melinda y Justin. Y tiene una trama secundaria, que es la de Eden, prima de Melinda y obligada por sus padres a casarse con un hombre al que no ama y que, a su vez, no la ama, para no quedarse soltera.
Son tres los personajes principales: Melinda, Justin y Eden. Les acompañan personajes de menor revelancia, pero que influyen mucho en la historia como sus respectivos padres y Lincoln, el hombre con el que obligan a Eden a casarse.
Son las fotos de cómo me imagino yo a Melinda, a Justin y a Eden las que quiero enseñaros.



Ésta es Melinda MacDuell, la protagonista de esta historia. Es una joven de dieciocho años que vive junto con su familia en Marshall Abbey, una magnífica mansión situada en la pequeña isla escocesa de Papa Stour, donde transcurre la historia. Es una muchacha bonita, de carácter tranquilo. Está muy unida a su prima Eden y a su mejor amigo, Justin. Sufre al ver cómo sus tíos obligan a su prima a casarse sin amar a su futuro esposo. Al mismo tiempo, se da cuenta de cómo su cariño por Justin va dando paso a un sentimiento mucho más fuerte de lo que pensaba.
Me imagino a Melinda con el rostro de Keira Knightley (¡me encanta esta actriz!) en Seda. Creo que Helene, el personaje que interpreta Keira en la película, representa el carácter tranquilo de Melinda.



Éste es Justin Saint John. Es el hijo de los duques de Whilton y futuro heredero del título. Vive en Londres. Entre él y Melinda existe una gran amistad que se ha ido fortaleciendo con el paso de los años. Sus padres siempre están discutiendo y Justin encuentra un gran apoyo en Melinda. Posee un carácter muy parecido al de ella, pero es algo más impulsivo y apasionado. Justin se da cuenta de que el cariño fraternal que siente por Melinda se va tornando en algo más intenso y más profundo.
Me imagino a Justin con el rostro de Michael Pitt en la película Seda. Su personaje de Herve Joncour es bastante parecido al de Justin: tranquilo y apasionado a la vez.

 Y ésta es Eden, la prima de Melinda. Es una joven rebelde y apasionada. A sus veinte años, sus padres la obligan a casarse con Lincoln Athol, un adinerado hombre, al que no ama. La presión puede con ella y acepta casarse con él. Eden quiere a Melinda como si fuera su hermana pequeña. Han crecido juntas y están muy unidas.
He imaginado a Eden con el rostro de Nina Dobrev, protagonista de la serie Crónicas vampíricas. He escogido al otro personaje que ella interpreta, el de Katherine, la vampira que enamoró en el pasado a Damon y a Stefan. Katherine resulta ser un personaje tan fascinante como lo es Eden.

Espero que os haya gustado esta historia y que hayáis disfrutado de ella.