lunes, 11 de noviembre de 2013

UN SABOR AGRIDULCE

Hola a todos.
Ando algo liada por culpa de la inspiración. No me permite avanzar todo lo que quiero con El ánima. De modo que, cuando pueda, retomaré esta historia. Si la inspiración me lo permite.
De momento, os voy a dejar con un trozo de mi relato Un sabor agridulce. 

                            Lorenzo se reunió con el resto de la familia al día siguiente en el comedor. Se fijó en que estaban todos alrededor de la mesa desayunando. Aceptó de buen grado la taza de café caliente que le sirvió una criada.
-¿Cómo ha pasado la noche, señor Castillo?-le preguntó doña Edelmira.
-He dormido bien-respondió Lorenzo-Estoy acostumbrado a dormir fuera de casa. He viajado mucho por el extranjero.
-¿Piensa quedarse mucho tiempo aquí?-inquirió don Juan.
                       Lorenzo se encogió de hombros. No sabía a ciencia cierta cuándo se iría.
-Me iré cuando María Elena esté recuperada-contestó.
                       Tanto doña Edelmira como don Juan hicieron un gesto lleno de tristeza. Sin embargo, María Catalina bebió un sorbo de su taza de café. Esbozó una sonrisa cargada de esperanza.
-¡Mi prima se va a poner bien!-afirmó con entusiasmo-Elenita es fuerte. ¡Se pondrá bien!
                       Doña Edelmira mordisqueó un bollo con gesto pensativo.
                       Un rato antes, Lorenzo acudió a la habitación de María Elena. La joven estaba profundamente dormida. Rosario permanecía a su lado pasando un paño mojado por su cara. Lorenzo cogió la mano de María Elena y se la llevó a los labios.
-Mi niña está descansando, señorito-le informó Rosario-Déjela tranquila.
                      El cabello negro de María Elena se extendía sobre la almohada.
                      Lorenzo se fijó en que María Catalina estaba sentada frente a él.
-Yo también confío en que Elenita se recupere-se sinceró-Me da pena verla tan enferma.



-¿Lo veis?-casi chilló María Catalina-¡El señor Castillo está conmigo!
-Cati, por favor-le pidió doña Edelmira.
-Hemos hablado del tema-se lamentó don Juan-Tu prima está muy enferma. Y todos los que estamos aquí sabemos que su enfermedad no tiene cura.
                       Lorenzo se fijó en María Catalina. De algún modo curioso, se parecía mucho a su prima. Sin embargo, María Catalina era hermosa en un sentido más delicado. Sus labios poseían un trazado delicado. Sus mejillas eran blancas y rosadas a la vez. Su cabello era largo de color negro. Y sus ojos de color castaño estaban sombreados por unas espesas pestañas de color oscuro.
                      María Catalina llevaba puesto un bonito vestido de color verde que le sentaba muy bien. De pronto, la chica se puso de pie, se acercó a él y le dio un beso en la mejilla.
-Gracias...-le susurró.

-Lorenzo dice que te vas a poner bien-le dijo María Catalina a su prima al cabo de un rato-Y yo creo en lo que él dice.
-¿Lo ves, mi niña?-apostilló Rosario en tono triunfal.
              María Elena miró a ambas con tristeza.
-Me temo que eso no va a ocurrir-se lamentó la joven.
-Eres la persona más terca que jamás he conocido-le espetó María Catalina, sentándose a su lado en la cama-¿Por qué piensas que no te vas a poner bien?
                 Un fuerte golpe de tos sacudió a María Elena. Entre Rosario y María Catalina la ayudaron a incorporarse. La primera golpeó la espalda de la enferma para calmar su tos. La sangre manchó el cuello de su camisón.
-¿Entiendes el porqué no me voy a poner bien nunca?-se lamentó María Elena.
                 Los ojos de María Catalina se llenaron de lágrimas. No se resignaba a ver enferma a su prima. No se resignaría nunca a la idea de perder a María Elena.
-Déjela descansar, señorita-le pidió Rosario.
-No...-negó María Catalina-Me quedaré con ella.
                 La respiración de María Elena era agitada. Permaneció un buen rato sentada en la cama, apoyada en María Catalina y en Rosario.
-Mi niña, tienes que hacerme caso-le pidió la mujer-Tú tienes que descansar. No tienes que fatigarte. Y tienes que estar tranquilita. Si no haces eso, te pondrás peor.
-Todo está perdido para mí-se lamentó María Elena.
               María Catalina se dijo así misma que no iba a llorar. Notó el suave apretón que le daba su prima en su mano. María Catalina le dio un beso en la frente.
-Tienes que hacerle caso a Rosario-le exhortó-Las dos queremos que te levantes de esa cama lo antes posible.

viernes, 8 de noviembre de 2013

EL ÁNIMA

Hola a todos.
Tras un día de descanso, retorno con mi relato El ánima. 
Esta historia me está costando algo de trabajo sacarla adelante. Los personajes tienen mucho que contar y no va a poder ser el cuento que yo quería que fuera.
Dado que no me asustan los retos (desde hace poco, antes era una miedica), me quiero tomar esta historia con calma.
¡Muchísimas gracias por vuestros comentarios!
Por cierto, el blog sigue abierto. Hay historias que han de ver la luz aquí. Por lo menos, va a tener vida durante bastante tiempo.
Aquí os dejo con un sueño que va a tener Anne. Será trascendental en el desarrollo de la trama.

                    Anne estaba soñando. Su mente volvía atrás al pasado. Cuando todavía era feliz. Cuando Tristán estaba vivo. Cuando se amaban y hacían planes para un futuro juntos. Los dos...
                      Tristán había ido a visitarla a la casa donde se hospedaba en Edimburgo y los dos se encontraban solos en el salón.
-Me gustaría darle un beso de amor, mi querida Anne-le dijo Tristán.
-No debe decirme esas cosas, oficial-replicó la joven, intentando no ruborizarse-Está mal.
                        Él se inclinó sobre ella, pero Anne se apartó y los labios de Tristán rozaron su mejilla.
-¿Me tiene miedo?-inquirió él con su voz burlona.
-Yo no le tengo miedo a nadie-contestó Anne-Pero debe de respetar las normas del decoro. Sólo eso...
                       Los dos permanecieron sentados en el sofá durante un buen rato sin hablar. El corazón de Anne latía muy deprisa. Deseó poder leerle la mente a Tristán sólo para saber lo que estaba pensando.
-Se le está haciendo tarde-añadió Anne.
                       Estaba muy nerviosa.



                     Y eso no era propio de ella.
                     Hasta aquel momento, Tristán se había limitado a besar su mano a modo de saludo, pero, en aquel momento, sentía el cuerpo del hombre muy cerca del suyo. Tragó saliva con nerviosismo.
-¿Quiere que me vaya?-le preguntó Tristán.
-No...-respondió Anne-Sí...
                     Tristán sonrió y alzó su mano para apartar un mechón de pelo que se la había ido a la cara a Anne. La joven se sobresaltó ante aquel contacto. Pero Tristán aprovechó su estupor para rozar los labios de Anne con los suyos. Los ojos de la joven se abrieron. Jamás lo habría imaginado. Tristán había aprovechado el momento para robarle su primer beso. El corazón de Anne empezó a dar saltos de manera alocada.
-Usted...-balbuceó azorada-No ha debido de hacerlo.
                     Las miradas de ambos se encontraron. Tristán esbozó una sonrisa que Anne interpretó como triunfal. Intuía que era la primera vez que un hombre hacía eso con ella.
-He encontrado a la mujer de mi vida-proclamó Tristán-Quiero que pasemos el resto de nuestras vidas juntos. Me parece un plan de lo más tentador, mi querida Anne.
                      Entonces, volvió a rozar con sus labios los labios de la joven. Fue un beso suave. Un beso corto...No está bien, pensó Anne. Pero, por otro lado, no quería apartarse de él. Sin embargo, Tristán no fue más allá de aquel beso breve porque, de algún modo, respetaba a la joven a la que estaba cortejando. Sentía una gran ternura por Anne.
                     Fue el propio Tristán el que cortó el beso.
-¿La he besado como es debido?-inquirió él, burlón.
-¡No!-contestó Anne-Sí...No lo sé. Es la primera vez. La primera vez que...Bueno...
                    Tristán le guiñó un ojo. Se puso de pie y le lanzó una mirada llena de triunfalismo. Le hizo una reverencia un tanto burlona y salió del salón con paso firme.
                    Entonces, el sueño cambió. Anne estaba caminando. Sus pasos la llevaron hasta el viejo monasterio de la isla. Estaba comenzando a descender el Sol por el horizonte. Los árboles se tornaban fantasmales para Anne. Ahogó un grito. Echó a correr y se detuvo en seco. Vio a su prima Ellen caminando alrededor del viejo monasterio. Llevaba puesto un vestido blanco y parecía más un ser sobrenatural que una joven.
                       Anne la llamó.
-¡Ellen!-gritó.
                       Pero su prima no la escuchó. Entonces, el ánima que Anne había visto en su delirio se materializaba al lado de Ellen y los dos se fundían en un beso cargado de pasión.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

EL ÁNIMA

Hola a todos.
Hoy, toca un nuevo trozo de El ánima. 
A partir de ahora, las cosas se van a complicar un poco más.

                         El día siguiente fue aún peor. A Anne seguía sin bajarle la fiebre. Entre su tía Lucy y Ellen, le quitaron el camisón y la metieron en la bañera portátil, que estaba llena de agua fría. Creían que le bajaría la fiebre si obraban de aquel modo. Pero fue en vano.
-Está muy caliente-observó Ellen alarmada-Creo que le ha subido la fiebre.
                       Le puso un camisón limpio. Entre ella y Lucy, acostaron a Anne en la cama. El médico le había practicado una sangría por la mañana. Sin embargo, Ellen creía que eso sería todavía peor. Tocó la frente de Anne con los labios.
-Te vas a poner bien-le aseguró.
                     Pero Ellen estaba muerta de miedo. Era la primera vez que veía a Anne enferma. La muerte de Tristán amenazaba con acabar con ella. Quería preguntarle a gritos a Gilbert si Anne viviría. Podía sentir la presencia de aquel hombre en la habitación de su prima. No podía verle. Pero sí podía sentirle.
-Está cerca de ti-dijo Anne de pronto.
                    Ellen y Lucy intercambiaron una mirada cargada de interrogantes.
-¿A quién te refieres, querida?-inquirió Lucy.
-Hay un ánima cerca de Ellie, tía Lucy-contestó Anne.
                     La joven estuvo a punto de desmayarse.
-No hay nadie más aquí-dijo Lucy-Sólo estamos nosotras tres. Tu tío está trabajando. Se pasa las noches aquí cuidándote. Es la fiebre. Te hace delirar. Te hace ver cosas que no son.
                     Ellen se había puesto pálida de golpe. Lucy se percató de ello. Lo achacó a que su hija no había descansado. Al igual que ella, se ocupaba de cuidar a Ellen.
-Lo estoy viendo-insistió Anne.
-Estamos las tres solas en la habitación-mintió Ellen-No hay nadie más.



-Es como un ángel. Te mira. Veo adoración en sus ojos. ¡Dios mío! ¡Tristán! ¿Por qué te has ido?
                      Anne rompió a llorar. Entre Lucy y Ellen intentaron tranquilizarla. Gilbert se acercó a Anne. Ellen lo pudo ver. Pudo ver cómo se inclinaba para mirar fijamente a Anne a los ojos. De algún modo, aquel gesto pareció tranquilizar a la joven. Fue cerrando poco a poco los ojos. Parecía que se había quedado dormida. Ellen y Gilbert cruzaron una mirada cargada de significado. El joven acarició con la mano la cara de Anne.
-Ahora, descansa-le indicó a Ellen.
                      Lucy no entendía nada de lo que estaba pasando. Lo único que sabía era que había paz en el rostro de Anne.

martes, 5 de noviembre de 2013

EL ÁNIMA

Hola a todos.
El fragmento de hoy es un poco más corto que de costumbre.
Había querido contar una historia cortita. Pero los personajes que me han salido me piden que me explaye. Que cuente su historia sin dejarme nada. ¡Y eso lo que estoy haciendo! ¿Creéis que me he vuelto loca?
En el fragmento de hoy, Anne cae gravemente enferma. A partir de ahí, la cosa se va a complicar un poco más.

                   Anne se despertó con fiebre una mañana. 
                   Deliraba. 
                   Anne recordaba las fiestas a la que asistió cuando fue presentada en sociedad en Edimburgo. Su libreta de baile siempre estaba llena. Anne era muy bella. Los caballeros disfrutaban bailando alguna pieza con ella. Pero fue Tristán el que ganó su corazón. 
                    Era uno de tantos que le regalaban flores. Era uno de tantos de los que le declaraban su amor. Pero había algo en él que le enamoró. Tristán parecía ser sincero a la hora de hablar. Era muy respetuoso en su manera de tratarla. De algún modo, Tristán encontró en Anne a su alma gemela. Y decidió que quería casarse con ella. 
                     Cuando iba a verla, la doncella de Anne siempre estaba con ellos. Tristán daba muestras de querer casarse con ella. Le hablaba del futuro que le esperaba a su lado. Le juraba que le haría feliz. 
                      Entonces, Anne era joven e inexperta. Le gustaba pasear por el jardín de su casa en Glasgow con Tristán. A la sombra de los árboles, se juraron amor eterno. 
                      El médico de la isla luchó por hacerle bajar la fiebre a Anne. Ellen permanecía a su lado con gesto nervioso. Lo último que quería era perder a Anne. 
-Aguanta, cariño-le decía Lucy a su sobrina-Te pondrás bien. 
                     Anne tenía escalofríos. Lucy le pasaba paños mojados en agua fría por la cara. No podía hacer nada por bajarle la fiebre. Ellen no sabía qué hacer. Se sintió impotente. 
-¡Tristán!-gritó Anne. 
-¿Qué dices, cariño?-le preguntó Lucy. 
-Está aquí. Tristán está aquí, tía Lucy. 
                    Ellen se sobresaltó al escuchar el nombre de Tristán. ¿Por qué lo veía Anne? 



                         Ellen salió de la habitación. Sentía que se asfixiaba allí dentro.
-Gilbert...-susurró.
                          De pronto, notó cómo él se le aparecía a su lado. Había preocupación en el rostro del joven.
-Dime que Annie no se va a morir-le pidió Ellen nada más verle-Eres un ánima.
                          Gilbert sintió cómo un nudo se formaba en su garganta. Besó a Ellen en la frente y se preguntó si existía alguna salvación para su prima, a la que era obvio que tanto quería y por la que sentía una honda angustia.
-Ha visto a Tristán-le contó Ellen-Es su prometido.
-Está muerto-recordó Gilbert-Donde yo estoy, se sabe quién ha muerto y quién sigue vivo.
                    ¿Y tú sabes si mi prima va a vivir? ¿Sabes si va a morir? Ellen sintió que le iba a estallar la cabeza.
                    La joven se apartó de él. Necesitaba tomar el fresco. Nunca huía de sus problemas. Pero se le partía el corazón al ver a su prima tan enferma. La pena estaba acabando con Anne. Siempre había sido una joven fuerte y llena de vida. Pero la muerte de Tristán le había destrozado el corazón. Anne parecía haberse rendido.
-Deberías de saber si mi prima va a vivir o si va a morir-le pidió a Gilbert-¡Deberías de saberlo!
                       Volvió a meterse dentro de casa. 
                       Se dirigió a la habitación de Anne. Le cogió la mano al tiempo que se sentaba en la cama, junto a ella. 
-Te vas a poner bien-le dijo. 
-He visto a Tristán-afirmó Anne-¡Lo he visto, Ellie!
                     Su prima se llevó su mano a los labios. Anne estaba delirando. Deliraba con Tristán. Y eso no le gustaba nada. 

sábado, 2 de noviembre de 2013

EL ÁNIMA

Hola a todos.
Aquí llega la segunda parte de este relato.
El desenlace llegará la semana que viene. Mañana, me voy a Cartagena a pasar el día. No podré hacer entradas en ninguno de los blogs.
¡Ojalá os guste!

                        Gilbert recorrió los pasillos de la abadía de Inchcolm.
-Ellen me recuerda-le dijo a un ser invisible, pero con quien podía hablar.
-Aún no te recuerda-le recordó aquel ser.
-Pero me ama.
                         Gilbert caminaba sin rumbo fijo por aquella abadía.
                         Pensaba una y otra vez en Ellen. Sus pasos lo llevaron hasta una de las celdas. La ventana le permitía contemplar el ancho mar que se extendía ante sí. Antes o después, se dijo así mismo, Ellen lo recordaría todo. Recordaría el amor tan intenso que sentían el uno por el otro. Y, entonces, Gilbert sería libre.
                          De algún modo, sería libre.
-¿Qué pasará cuando lo recuerde todo?-quiso saber.
                          Sopló una suave brisa dentro de la celda.
-Eso no lo sé-contestó el ser invisible que estaba con él.
-No me importa ya nada-se sinceró Gilbert-Sólo quiero que Ellen me recuerde. Y que me ame tanto como yo la amo a ella. No pido mucho.

                         Sin saber bien lo que estaba haciendo, Ellen se escapó de casa. Todo el mundo estaba profundamente dormido.
                           Los pasos de la joven la llevaron hasta la abadía de Inchcolm. Estaba abandonada. Su sorpresa fue mayúscula cuando vio a Gilbert. Estaba sentado en una roca y sonrió al verla.
-Sabía que vendrías-le aseguró-Cuando nos juramos amor eterno, fue en este lugar.
-Quiero recordar-afirmó Ellen-Me vienen imágenes a la cabeza. Pero no consigo ordenarlas.
                         La joven se sorprendió así misma perdiéndose en las profundidades de los ojos de color gris claro de Gilbert. Las imágenes volvieron a su mente. Poco a poco, Ellen se fue acercando más a él.
                         Nos conocimos hace tiempo, pensó Ellen. Nos amamos con total intensidad. Éramos felices. Pero nos separaron de manera cruel.
-Mi alma está atrapada en este mundo-le explicó Gilbert-Me han dado una opción. Si tú, mi amada, me recuerdas y me amas, podré salvarme.
-¿Qué es lo que podrás salvar?-inquirió Ellen.
-Mi alma...
                        Ellen empezó a temblar con violencia. Gilbert se dio cuenta y le cogió las manos. De algún modo, sabía que ella estaba recordando todo lo que habían vivido. La respiración de Ellen se volvió más entrecortada.
                           Tropezó y acabó cayendo en los brazos de Gilbert, quien llenó de besos su rostro.
-Lo recuerdo-susurró Ellen.
-Te ayudaré a recordar-le prometió Gilbert.

 

                          Una lágrima rodó por la mejilla de Ellen. Un nudo se formó en su garganta.
-Estaremos siempre juntos-le prometió Gilbert.
                          La ropa desapareció del cuerpo del joven. Ellen también sintió cómo era despojada de su ropa. Gilbert la recostó sobre el suelo al tiempo que la besaba apasionadamente. Volvieron a besarse de manera larga y prolongada.
                        Gilbert recorrió con sus manos el cuerpo de Ellen acariciándola. Llenó de besos cada centímetro de su piel. La abrazó con fuerza. Al mismo tiempo, la hizo suya. Le hizo ver que los dos eran un solo ser. Que estaban destinados a estar siempre juntos.
                        Al acabar, Ellen miró a Gilbert y le dedicó la más dulce de las sonrisas.

                        A la tarde siguiente, Ellen estaba sentada en el salón tomando el té con Anne.
                        Ésta bebió un sorbo de su taza de té.
-Yo empiezo a sentirme mejor-se sinceró Anne-De algún modo, siento que Tristán está a mi lado.
                        Ellen estaba distraída. No se podía creer lo que había pasado la noche antes.
-¿Me estás escuchando?-le preguntó Anne.
                        Ellen reaccionó y se puso roja como la grana. Anne se preguntó si le pasaba algo a su prima. Aquella mañana, Anne, buscando un pañuelo, encontró uno que pertenecía a su ajuar de bodas. Rompió a llorar de manera amarga durante mucho rato.
-Estaba pensando en otra cosa-respondió Ellen.
-Me hago cargo de que tienes veinte años-admitió Anne-Y deberías de pensar más un poco más en ti, prima. No es justo que yo te agobie con mis problemas.
-No me agobias, Annie.
                        Ellen cogió un trozo de bizcocho que había en un platito. Le dio un mordisco.
                        Se dijo así misma que se estaba volviendo loca. ¿De verdad se estaba enamorando de un fantasma? Le asaltaron los recuerdos de lo ocurrido la noche antes. Gilbert no era ningún fantasma.
                         Era un hombre de verdad. Ellen se estremeció con el recuerdo. No estaba enamorada de un fantasma, se dijo así misma. Amaba a un hombre. Amaba a un hombre del que la habían separado en el pasado. Se preguntó así misma si Anne lo entendería.
-He de seguir viviendo-afirmó su prima.
-Todo irá bien-le aseguró Ellen.
                       Anne le dio un beso en la mejilla.

                     A la tarde siguiente, Anne, Ellen y Lucy, la madre de Ellen fueron al cementerio.
                     Era allí donde estaba enterrado Tristán. Anne llevaba un ramo de flores. Lo depositó sobre la tumba de su prometido. Lágrimas gruesas rodaban por sus mejillas. Ellen contempló la escena sobrecogida.
-Tu prima es mucho más fuerte de lo que piensas-le aseguró Lucy-Hemos de admirarla por ello.
                      Ellen miró por los alrededores. Se preguntó si Gilbert estaría en el cementerio. Podía sentir su presencia muy cerca de ella. No podía verle. Sin embargo, sí podía sentirle.
-Siempre te amaré-le prometió Anne a Tristán-Aunque ya no estés a mi lado. Nunca dejaré de pensar en ti, mi amor. Siempre vivirás en mi pensamiento.

viernes, 1 de noviembre de 2013

EL ÁNIMA

Hola a todos.
Hoy, me gustaría compartir en este blog un relato de Halloween de corte romántico y de época que se me ha ocurrido. Es un relato corto.
Espero que os guste.
¡Y feliz Día de Todos los Santos!

ISLA DE INCHCOLM, FIRTH OF FORTH, 1815

                  Ellen Morogh siempre se había caracterizado por ser una joven de carácter dócil. Era una chica rubia y muy bonita. 
                   Estaba tomando el té aquella tarde con su prima Anne Nicole Morogh, quien vivía con ella y con sus padres desde hacía algún tiempo. La taza de porcelana llena de té tembló en la mano de Anne. 
-Todavía no me lo puedo creer-se lamentó la joven. 
-Ya han pasado dos años, Annie-le recordó Ellen. 
-¡Pero me cuesta trabajo admitirlo! ¡Íbamos a casarnos, Ellie! 
-Lo sé. 
-Y está muerto. 
                         Anne rompió a llorar al pensar en su prometido. Ellen la abrazó con fuerza. A sus veinticinco años, su prima iba a contraer matrimonio con un auténtico buen partido. El marqués de Sinclair se había fijado en ella. Pero tuvo que partir para el frente antes de fijar la fecha de la boda. Falleció luchando contra las tropas de Napoleón. 
                      Su tía Lucy decidió acogerla en su casa. Los padres de Anne habían muerto tiempo atrás. La joven no terminaba de superar la muerte de su prometido. 
-Teníamos muchos planes-se lamentó Anne-Íbamos a pasar el resto de nuestras vidas juntos. Nos amábamos. Tristán me quería por cómo yo era. Me aceptaba con mis defectos, que tengo muchos. ¿Qué haré si me falta él?
-Vivir-contestó Ellen. 
                     Le pareció una respuesta demasiado obvia. Ellen tenía veinte años. Poseía una belleza angelical y una reputación inmaculada. Pero no quería dejar sola a Anne. Estaba sufriendo mucho. 

                Anne llevaba su cabello de color castaño rojizo recogido en un moño que amenazaba con soltársele. 
-Vivir-repitió incrédula.
-No es fácil. Pero tienes que hacerlo. 
-¡Oh, Ellie!
-Piensa en lo que tu prometido habría querido para ti, prima. 
                 Una lágrima se deslizó por la mejilla de Anne. 
       
                Estaba lloviendo con fuerza. Ellen no podía conciliar el sueño. Se puso encima de su camisón de color blanco una bata de color lavanda. Buscó un libro de Jane Austen en la biblioteca de su padre. Se decantó por Persuasión. 
                      Ellen encendió la lámpara que había encima de la mesita pequeña del salón. Se sentó en el sofá. Miró hacia la ventana y vio cómo la lluvia golpeaba los cristales de la ventana del salón. Un relámpago iluminó el salón. Y Ellen, sobrecogida, ahogó un grito. 
                    Creyó haber visto fuera a un hombre. 
                    Ellen negó con la cabeza. 
                    Lo he debido de imaginar, pensó. 
                    Abrió el libro. La lluvia seguía cayendo fuera con fuerza. Hacía mucho frío en el salón. Ellen no era capaz de centrarse en la lectura. La invadió una extraña sensación. Hay alguien fuera, pensó. Hay alguien fuera. 
                        Ellen acabó cerrando el libro. Notó cómo le temblaban las manos. He imaginado que hay un hombre fuera, pensó. ¿Y si no lo había imaginado?, se preguntó de pronto. A lo mejor, era un ladrón. Negó con la cabeza. 
                          Se dijo así misma que debía de tranquilizarse. Otro relámpago iluminó el salón. Y Ellen pensó que iba a desmayarse. No lo había imaginado. Había un hombre fuera. Y la estaba mirando fijamente. 

-¿En serio vas a salir ahora?-le preguntó Lucy Morogh a su hija. 
                        Ellen se puso encima de su vestido blanco una capa. 
-No voy a tardar mucho-le aseguró a su madre. 
                          Miró con tristeza a su prima Anne, quien estaba sentada en el sofá. Su prima estaba bordando, algo inusual en ella. 
                         Los pasos de Ellen la llevaron hasta East End, un bonito paraje de la isla. La joven agradeció estar fuera de casa. Hacía frío, pero no le importaba. Tenía dos cosas en las que pensar. Por un lado, estaba Anne y la depresión que estaba sufriendo. Por el otro lado, estaba la visión de aquel joven. 
                      Y, entonces, Ellen lo vio. Era alto y delgado. Su piel era blanca, como la de un cadáver. Y sus ojos, aunque parecían estar vacíos de expresión, poseían una mirada hipnótica. 
-Me llamo Gilbert Dinney-la saludó con una voz tan ronca que parecía venir de otra dimensión-Llevo mucho tiempo esperándote. 
-No te conozco de nada-replicó Ellen. 
                      No le había visto antes. Sin embargo, Ellen tuvo la sensación de que sí que le conocía. Pensó en salir corriendo de allí. Sin embargo, parecía que tenía los pies clavados en el suelo. Su estupor creció cuando sintió cómo los labios de Gilbert se apoderaban de los suyos. La estaba besando. 
                       Ellen se apartó de él. Gilbert estaba muy frío. Aquel joven le sonrió de un modo que la sobrecogió. Tenía una sonrisa extraña y se sorprendió así misma sintiéndose fascinada. Pensó de nuevo en irse, pero no lo hizo. 
-Tú y yo nos conocemos bien-afirmó Gilbert-Puede que no lo sepas. Pero nos amamos. Nos amamos desde hace mucho tiempo. 
                         Ellen negó con la cabeza. Todo lo que estaba pasando le parecía demasiado surrealista. Sin embargo, al mirar a Gilbert, tuvo una extraña sensación. Parecía conocerle. 
-No eres de aquí-dijo Ellen-No te he visto en mi vida. Déjame. 
                      Gilbert le cogió las manos. Ellen contuvo el deseo de empezar a gritar. Gilbert estaba muy frío. ¿En serio le conocía? ¿Cuándo? 
                       Los labios de Gilbert volvieron a apoderarse de los labios de Ellen en un beso. 

                      Ellen vivía atormentada por lo que le había contado Gilbert. Extrañas visiones se apoderaron de ella. Se veía así misma con Gilbert, sentados a la orilla. Haciendo planes de futuro. Besándose con intensidad. 
-Te noto distraída-observó Anne-¿Qué ocurre?
                     Anne y ella habían salido a dar un paseo por los alrededores del viejo monasterio de la isla. 
-Es una tontería-contestó Ellen. 
                      

                         No sabía cómo debía de abordar aquel tema con su prima. A lo mejor, Anne se reía de ella. Pero su prima no tenía muchas ganas de reírse. 
-Tengo frío-dijo Anne-No hemos debido salir esta tarde. 
-Nunca sales de casa-le recordó Ellen-Te conviene salir. Y respirar aire puro. No puedes pasarte la vida encerrada. 
                       Pensar en Anne la ayudaba a evadirse de sus propios problemas. Su prima estaba sufriendo por la muerte de Tristán. Ellen no debía de pensar en un joven de aspecto fantasmal. 
-¿Crees en los fantasmas, Annie?-quiso saber. 
                     Hizo la pregunta a bocajarro. 
-Los fantasmas no son malos-contestó Anne-Son los espíritus de nuestros seres queridos. Nos cuidan desde el Más Allá. Nos siguen queriendo, a pesar de todo. 
-No has respondido a mi pregunta-observó Ellen. 
-Yo sí creo en los fantasmas. 
                        La contestación de Anne dejó muda a Ellen. Siempre había creído que su prima era una joven práctica. No creía en aquellas cosas que no se pudieran ver. 
-Y creo que Tristán está cerca de mí-añadió Anne-¿No lo sientes? Él me cuida. 
                         Ellen pensó que su prima se había vuelto loca. Pero eso no era lo peor. Lo peor era que ella también se estaba volviendo loca. No podía explicar el porqué le asaltaban recuerdos de su vida al lado de Gilbert. Una vida que ella jamás había conocido. Anne creía que el fantasma de su prometido estaba a su lado. Si su madre la oía, la enviaría a Bedlam, al manicomio inglés. Nubes oscuras cubrían el cielo. Anunciaban una fuerte tormenta. 
-Piensas que estoy loca-observó Anne. 
-No pienso eso-le aseguró Ellen. 
-Puede que los golpes que me propinaba mi padre me hayan vuelto loca. Pero siento que Tristán está a mi lado. Juró que siempre me amaría antes de partir. Y él siempre cumple sus promesas. No estoy loca, Ellie. 
-Yo no pienso eso, Annie. Yo pienso que has sufrido mucho por la muerte del marqués.
-Será mejor que volvamos a casa. Tía Lucy debe de estar preocupada por nosotras. 
                         Dieron la vuelta.
-Tienes razón-dijo Ellen. 
                        Respiró aliviada al ver que volvían a casa.
                       Un rato después, las dos jóvenes entraron en el salón. Lucy se alegró de verlas. 
-¡Por fin!-exclamó-Hace mucho frío como para estar paseando fuera. 
                       Ellen se alegró de colocarse frente a la chimenea. Extendió las manos. La chimenea estaba encendida. Las llamas se movieron lentamente. Tuvo la sensación de que había alguien más en el salón, a parte de Anne, sus padres y ella. Pero no podía verle. 
-¡Qué frío hace!-exclamó Thomas, el padre de Ellen y tío de Anne. 
-Se ha debido de quedar abierta una puerta-observó Anne. 
                      Ellen retrocedió. Se sentó en el sofá, junto a su madre. 
-¡Qué pálida estás!-observó Lucy. 
-La noto rara desde hace algunos días-añadió Thomas. 
                       Anne miró con preocupación a Ellen. A lo mejor, se dijo, estaba cogiendo un resfriado. No se parecían en nada. Anne no se reconocía así misma. Se había convertido en una especie de fantasma en vida. Pero no podía hacer nada. Cuando Tristán murió, Anne supo que había muerto con él. Nos rodean los fantasmas, pensó Anne con pesimismo. 

He dividido el relato en dos partes. 
A lo largo del fin de semana, subiré la otra parte, que será el desenlace. 

jueves, 31 de octubre de 2013

UN SABOR AGRIDULCE

Hola a todos.
Continuamos hoy con Un sabor agridulce. 
Lorenzo y Rosario ya se han instalado en la casa de los Cienfuegos. Vamos a ver qué es lo que pasa.

                      Rosario se sentó en una silla. Su intención era pasar la noche al lado de María Elena. A partir de aquel momento, se encargaría de cuidarla.
-Váyase a dormir, niña-le instó a María Catalina.
-¡No!-protestó la joven-¡Yo me quedo junto a María Elena!
-Prima...-dijo la aludida-Por favor...
-He llegado yo-intervino Rosario-Yo la cuidaré.
-Usted sola no puede cuidarla-insistió María Catalina-¡Deje que yo la ayude!
                       Rosario no miró a María Catalina porque tenía la vista puesta en María Elena. Le cogió la mano. Aquella joven consumida no podía ser la misma joven llena de vida. Se negaba a creer que María Elena pudiera morir. Pero Rosario había visto a algunos vecinos suyos morir a consecuencia de la tisis. Se resistía a creerlo. Pero tenía que admitir que María Elena estaba condenada.
-¿Cuándo empezó a sentirse mal?-le preguntó a María Catalina.
-A los pocos días de llegar aquí-respondió la joven.
-¿Qué le pasó?
-Un día, se despertó empapada en sudor. Tenía una fiebre muy alta. Empezó a perder peso. Fue el médico del Peñón, el doctor Sauceda, el que la examinó. Nos dijo que Elenita estaba enferma de tisis. No me lo creí entonces. Siempre ha gozado de una salud de hierro. Me resisto a creerlo.
-Niña Cati...Rece mucho por su prima.
                      Rosario se fijó en los ojos hinchados de María Catalina. La joven posiblemente llevaba noches sin dormir. Y también había estado llorando.

                       Fue al día siguiente, por la tarde, cuando don Juan habló a solas con Lorenzo. Se lo llevó a su despacho.
-Mi sobrina se está muriendo-le comunicó nada más encerrarse con él en el despacho-No se puede seguir negando la evidencia. Le queda poco tiempo de vida.
                      Lorenzo sintió cómo algo se oprimía dentro de su pecho.
-¿Cuánto tiempo hace que está enferma?-quiso saber-¡No quiero saberlo! ¡Dios mío!
-Empezó a sentirse mal al poco de llegar aquí-contestó don Juan-La enfermedad va avanzando poco a poco. No se puede hacer nada. Es duro. Se está consumiendo poco a poco.
                     Lorenzo no sabía qué pensar. Santiago estaba muerto. María Elena iba a morir. Pensó que le iba a estallar la cabeza.



-Parece una pesadilla-le confesó a don Juan-¿Y no hay cura?
-Lo siento-dijo don Juan-No hay cura. Sólo nos queda esperar. Y rezar.
                        Lorenzo pensó en don Adriano. El párroco de Sorbas le habría dicho exactamente lo mismo que le estaba diciendo don Juan. Pero, ¿cómo iba a resignarse María Elena ante la idea de que se estaba muriendo? Su cuñada siempre había sido una joven llena de vida. El sentir que agonizaba un poco más cada día que pasaba era la peor de las torturas para ella.
-Me quedaré aquí-decidió Lorenzo-Pase lo que pase, quiero estar a su lado.
-Mi sobrina te lo agradece-le aseguró don Juan-Ya sabes lo mucho que te quiere. Rosario y tú podéis quedaros el tiempo que queráis. Lorenzo, tú no tienes la culpa de lo que pasó. El único culpable, y aunque te duela oírlo, fue Santiago. No debió de hacer las cosas que hizo.
                    Lorenzo se puso de pie. Salió del despacho de don Juan tambaleándose. Al salir, estuvo a punto de chocar con María Catalina.
-¿Cómo está mi cuñada?-le preguntó.
-Está durmiendo-respondió María Catalina-Ha pasado la noche más tranquila. Es bueno que descanse.