domingo, 30 de agosto de 2015

CARTA DESDE EL INFIERNO

Hola a todos.
He encontrado, revolviendo entre mis cosas, este pequeño relato que escribí hace muchísimo tiempo.
Es una carta que una enfermera estadounidense, que es voluntaria en Vietnam durante la guerra, le escribe al hombre del que está enamorada y con el que piensa casarse una vez acabe la guerra. Pero ese hombre al que ama es un soldado vietnamita.

HOSPITAL DE CAMPAÑA A LAS AFUERAS DE HUNG YEN, 29 DE AGOSTO DE 1969

                               Me dicen que no puedo estar contigo. Mis compañeras en el hospital de campaña creen que estoy loca. Afirman que el Sol me ha afectado a la cabeza.
                               Desde que te conocí, sólo he pensado en estar contigo. Te has adueñado de mis pensamientos.
-Es el enemigo, Alexandra-me recuerdan ellas-No debes de confraternizar con él.
                              ¿Quién es realmente el enemigo?, me gustaría preguntarles. Son personas ajenas a nosotros los que han decidido que debemos de odiarnos. Pero nosotros nos hemos enfrentado a ellos. Nos hemos enamorado, amor mío. Te hicieron prisioneros un contingente de soldados. Ellos venían del mismo lugar de donde yo soy oriunda, de Adelanto.
-¡Mirad qué amarillo hemos encontrado!-exclamó el más imbécil de todos ellos-Está malherido.
-¡Le habéis dado una paliza!-les recriminé.
-Cálmate, Alex. Tan sólo hemos querido sacarle información.
-¡Un poco más y no lo matáis, desgraciados!
                                Aquel imbécil siempre ha querido tener algún tipo de relación conmigo. Cuando me mira, lo hace con tanta lascivia que me muero de asco.
-Cúrale-me pidió.
-Y le seguiréis pegando tú y tus amigotes-le escupí-¿No es así?
-Eres demasiado emocional, Alex. Estamos en guerra. Los amarillos son el enemigo.
                                Yo creo que ese gilipollas es mi enemigo. Me quedé a solas contigo. Estaba de guardia. Mis compañeras se habían acostado. Tenías la cara destrozada. Apenas podías articular palabra.
                                 Me hablaste. Hablabas algo el inglés.
                                  Te curé. Tenías una fiebre muy alta. Al examinarte, me di cuenta de que tenías una pierna rota. He visto demasiadas salvajadas cometidas por mis propios compatriotas en los dos años que llevo aquí.
-Daño...-alcanzaste a decirme.
                                Me pasé toda la noche en vela contigo. Cuidándote.
                                La fiebre tardó dos días en bajarte. No permití a esos salvajes que se te acercaran.
-Queremos interrogarle-me dijeron.
                                  Me mantuve firme. Ni muerta iba a permitir que volvieran a hacerte daño.
-No dejaré que lo matéis a golpes para divertiros-les advertí.
                                  Deben de pensar cosas raras de mí. Pero su opinión me trae sin cuidado. Durante las últimas semanas, he llegado a conocerte mejor que a mí misma. Supe que eras el dueño de un kiosco en el distrito de Thi. Vivías en el centro. Pero tu casa ha quedado arrasada.
                                 Huías de los bombardeos. Pero, al internarte en la selva, te encontraron esos hijos de perra. De no ser porque te desmayaste, habrían seguido divirtiéndose torturándote.
                                 Me cuesta trabajo reconocer a mis compañeros como seres humanos.
                                 Aunque vengamos del mismo lugar de origen.
-¿Cómo te llamas?-te pregunté una tarde.
                                 Ya podías dar pasos por la tienda de campaña. Nos sentamos a la mesa a jugar a las cartas.
-Me llamo Thian-respondiste.
-Yo me llamo Alexandra-te conté.
-¡Qué nombre más curioso!
-Sabes hablar muy bien el inglés.
-Pero tú no sabes mucho mi idioma. Es fácil de aprender. Puedo enseñarte. Si quieres.
-Me gustaría aprender a hablar vietnamita. Me alegro mucho de poder hablar con un ser humano. No...Con animales...
-Tus compañeros...
-Les he visto hacer de todo por diversión. Se portan muy bien cuando están en casita. ¡Qué hipócritas!
                                   Te echaste a reír.
-Hablas de manera muy directa, Alexandra-observaste.
                                   Te gustaba mi manera de ser.
                                   Tenía que atender a otros pacientes. Eran soldados que habían sido heridos en combate. Algunos de ellos empezaban a despotricar contra Estados Unidos por haberles enviado a combatir.
                                    De algún modo, al estar heridos, su conciencia parece reaccionar. Les recuerda que son personas.
                                    Nunca he salido con ningún chico. En mi casa, siempre han dicho que soy una rebelde. No he querido seguir los pasos de mi madre. Ser ama de casa. No estoy hecha para eso.
-La guerra terminará-me contaste una vez-Y yo podré recuperar mi kiosco. Se gana poco dinero. Pero se venden muchas cosas.
-¿Qué cosas tienes?-inquirí.
                                     Estábamos dando un paseo cerca del hospital de campaña. Mis compañeras me miraban con horror.
-Vendo revistas-me contestaste-Vendo juguetes pequeños.
                                  A solas, mis compañeras me echaban un rapapolvo. Decían que me estaba enamorando de ti, Thian. Vieron antes que yo lo que me estaba pasando.
                                   Sin darme cuenta, iba a buscarte para estar contigo.

  

                                   Me di cuenta de que mi corazón latía muy deprisa cuando me mirabas. De que sentía un extraño revoloteo en el estómago cuando me guiñabas un ojo. De que sólo podía pensar en ti durante todo el día. Si atendía a otros pacientes, te echaba de menos. Poco a poco, fui siendo consciente de lo que me pasaba.
                                 No me dio miedo admitirlo, mi adorado Thian. Me había enamorado de ti.
                                 No eras mi enemigo. Eras el hombre con el que quería pasar toda la vida.
                                  Y a ti te pasó lo mismo conmigo. Decías que encontrabas las pecas que salpicaban mi nariz graciosas.
                                  Me confesaste una vez que soñabas conmigo. Y, al escuchar tu confesión, el corazón me dio un vuelco.
                                 Nos besamos por primera vez detrás de uno de los árboles que rodean el hospital de campaña.
                                 No me arrepiento de amarte, mi amado Thian. No me arrepiento de ser tuya.
-Esta relación no va a ningún sitio-me dicen mis compañeras.
-Me lleva a él-replico-A su lado...
                                  A aquel beso le siguieron otros besos que nos dimos a escondidas, detrás de los árboles.
                                  Te dieron el alta. Pero seguías viniendo al hospital de campaña sólo para verme. Sólo para estar conmigo.
                                  No me daba miedo pasear por el pueblo que hay cerca de aquí contigo cogida de la mano.
                                  No me asusta que me abraces en público. O que me acaricies la cara con la mano. O llenar de besos tu cara. O besarte de lleno en la boca.
                                   Los que nos critican nos tienen envidia. Porque ellos no saben lo que es estar realmente enamorado.
                                    Los besos que nos dimos empezaron a ser más apasionados.
                                     Y me entregué a ti, mi adorado Thian. Una y dos y muchas veces...Fuimos un solo ser.
                                     Debajo de uno de aquellos árboles, una noche, perdimos juntos la virginidad. Yo tengo veinte años y nunca antes había estado con un hombre. Tú tienes la misma edad que yo. Y nunca antes habías estado con una mujer. Pero disfrutamos de la mejor de las experiencias juntos.
                                     Poder sentir tus besos sobre mi piel desnuda. Poder besar tu cuerpo desnudo.
                                     Mis compañeras lo saben. Los soldados lo saben.
                                     Amenazan.
                                     Me amenazan con encarcelarme. Creen que estoy trabajando para el enemigo. Dicen que me he vuelto loca.
-Son ellos los que están locos-pienso.
                                      Y es verdad. Son ellos los que se han convertido en animales. Yo sigo siendo un ser humano racional que se ha enamorado.
                                     Y olvidarnos de que nos hemos encontrado, nos hemos enamorado y nos amamos en este Infierno. Infierno que es culpa de los demás. No es culpa nuestra. Sólo hemos cometido un terrible error al enamorarnos. Eso dicen mis compañeras. Yo sé que lo mejor que me ha pasado en la vida has sido tú, Thian.
                                      Jamás dejaré de amarte.

SIEMPRE TUYA,
TU AMADA ALEXANDRA.

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